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Europa en la jungla trumpiana

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08.08.2025

Joan Cañete Bayle

Periodista

Periodista

Periodista y escritor. Director de Estrategia de la Oficina de Proyectos Editoriales de Prensa Ibérica. Entre otros trabajos, ha sido corresponsal de El Periódico en Jerusalén y Washington DC. Autor de las novelas 'Expediente Bagdad' (a cuatro manos con Eugenio García Gascón) y 'Parte de la Felicidad que Traes', y del ensayo sobre el conflicto palestino-israelí 'Muros, bosques, tumbas: Un periodista en Jerusalén'

Ursula von der Leyen y Donald Trump. / Fred Guerdin/EU Commission /dpa

Es imposible negociar con un matón. Más aún si ese matón conduce el coche de la que solía ser la única superpotencia (ahora podríamos discutirlo). Donald Trump dirige Estados Unidos con la arrogancia, el desprecio por la institucionalidad internacional y el instinto para el chantaje que caracterizan su persona política. Aplicado al comercio global, Trump marca así las reglas de las relaciones con los países: la política comercial convertida en arma, y los aranceles, en proyectiles. El mundo trumpista es cada día más oscuro, inseguro y despiadado. Una jungla.

El supuesto “arte de la negociación” de Trump no es más que extorsión glorificada desde una posición de poder. Se pacta o se suben los aranceles. Se invierte o se castiga. Se obedece o se amenaza con el 35%, el 55% o el 250%. El contenido de los acuerdos es lo de menos. Lo importante es poder escribir en Truth que se ha ganado. Como el padre de 'Little Miss Sunshine', lo único que cuenta es no ser un 'loser' para quien fue ridiculizado hasta la saciedad por quienes hoy lo temen o lo adoran.

En esta lógica transaccional, los aranceles son una herramienta no solo para guerras económicas, sino para objetivos políticos, ideológicos o personales. El caso de Brasil es un escándalo —si aún queda margen para ello—: el arancel del 50% a los productos brasileños no responde a una disputa comercial, sino a la voluntad de castigar a Luiz Inácio 'Lula' da Silva y proteger a Jair Bolsonaro. No es que antes EEUU no utilizara la presión económica para otros menesteres; Trump lo hace sin maquillaje y sin anestesia.

Europa, por supuesto, no ha salido indemne. A partir de este jueves, las exportaciones europeas a Estados Unidos estarán gravadas con un arancel del 15%, salvo en algunos sectores. Con la anterior tasa media de importación (1,47%), Estados Unidos recaudaba unos 6.000 millones de dólares de las importaciones europeas. Con el nuevo arancel, la cifra se disparará hasta los 80.000 millones. Además, Bruselas se compromete a “promover” inversiones europeas en suelo estadounidense por valor de 600.000 millones y compras de energía por 750.000 millones. Mejor que nada, dicen algunos en Bruselas. Y razón no les falta: sería peor una guerra abierta con una Administración impredecible. Pero eso no convierte este acuerdo en un buen acuerdo. Es, en todo caso, un mal menor.

Difícilmente esta Europa de hoy podría aspirar a nada mejor cuando su principal aliado se ha convertido en un adversario. Este acuerdo con el matón ha vuelto a poner de relieve una verdad que muchas cancillerías se resisten a asumir: la Unión Europea necesita crecer. Madurar. Hacerse mayor. Lo que estamos viviendo no es una crisis comercial, sino un examen de madurez geopolítica. ¿Está preparada la UE para actuar como un sujeto político con capacidad de decisión propia en un mundo regido por la ley del más fuerte?

Hacerse mayor significa, sí, ganar autonomía. En defensa y seguridad, por supuesto. Pero no basta con aumentar el gasto militar o comprar más tanques. Autonomía significa capacidad de decisión conjunta, mecanismos de gobernanza económicos y políticos eficaces, y una política exterior propia, no subordinada a la de la Casa Blanca. Significa saber decir que no. También implica algo más doloroso: decidir entre quién está dentro del proyecto europeo y quién está fuera. Aunque haya que dejar atrás a los que bloquean, sabotean o simplemente no creen en la idea de una Europa unida.

Al final, eso es la soberanía: la capacidad de decidir colectivamente, aunque implique ceder parcelas de poder nacional. O Europa se dota de una arquitectura común real —económica, fiscal, de seguridad— o seguirá siendo rehén de Trump y de EEUU. Desde el punto de vista de los estados y las ideologías que no quieren ceder soberanía, cabe una última pregunta: ¿qué es preferible: un mal acuerdo o ningún acuerdo? ¿Ir juntos y ser más fuertes o deambular solos por la jungla, eso sí, henchidos de orgullo nacional? La respuesta define el tipo de Europa que queremos. La que negocia junta o la que firma por separado. La que pacta con voz propia o la que suplica por la rebaja del castigo. La Europa adulta… o la Europa tutelada.

Trump no va a cambiar, y seguramente empeorará. Europa, tal vez, sí. Quizá este sea el momento. Porque en la jungla trumpiana nadie da segundas oportunidades.

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