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A veces la vida y sus versiones

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26.03.2026

Opinión | El lápiz de la luna

Elizabeth López Caballero

A veces la vida y sus versiones

Una pareja de ancianos en un parque de Barcelona junto a su perro. / David Zorrakino - Europa Press

A veces la vida tiene unos tiempos que no consigo entender. Tiempos largos y pegajosos como los caramelos de nata de la vaquita que se te enredaban en las muelas por días y que no conseguías despegar por mucho que te lavaras los dientes o te pasaras la lengua. A veces también tiene unas emociones con tentáculos largos y pesados que te llevan al fondo del mar de tus sueños, de tus dudas y de tus miedos. Hasta que recuerdas que puedes nadar y sales a flote. A veces la vida, además, te reinicia. Te actualiza el software y te cambia de escenario.

Y a veces, la mayoría de las veces, las personas que te acompañan o con las que coincides en este viaje no entienden –o no quieren entender– que ya no eres aquella a la que se le pegaba el azúcar a las muelas. No eres la misma que la que se dejaba arrastrar por un octópodo al fondo del mar olvidándose de que sabía bucear o a la que cambiaron de teatro para interpretar un nuevo papel. Todo esto y más tiene la vida. Me imagino que si ha llegado hasta este punto del artículo y está acostumbrado a leerme sabrá que ahora explico el porqué de estas divagaciones. ¿Usted podría enumerar por cuántas versiones de sí mismo ha pasado? Ojalá, así se lo deseo, que haya tenido la oportunidad de transitar por distintas partes de su ser hasta quedarse con la de este momento, que no significa que sea la definitiva.

Los seres humanos estamos en constante evolución. De cada situación vivida, de cada elección tomada nos desprendemos de una parte de nosotros a la vez que nos empieza a brotar una nueva. Me gusta imaginarnos como árboles que mudan las hojas, maduran sus frutos y cambian. ¿Es el limonero el mismo árbol tras cada fructificación? Yo diría que no. Por eso me cuesta entender a esa gente que se queda con una versión estática y fragmentada de los demás y la perpetúa por los siglos de los siglos, amén. Esa gente que cuenta una anécdota tuya de hace más de veinte años y la narra usando el presente en lugar de un pretérito tan lejano y borroso como la persona que eras por entonces.

Si se fijan, a este perfil que les describo, no les gusta pensar o sentir que los demás cambiamos, pero menos aún les gusta percibirse a ellos mismos como seres involucionados, pura contradicción. El otro día alguien habló de mí -de la que fui- en mi presencia como si esa Elizabeth siguiera existiendo. Cuando me reí de lo que contó y expliqué que de aquella mujer de la que hablaba solo quedaba el nombre se enfadó. Cómo podía decir algo así. Eres tú, sí tú. Mira, son tus ojos, tu nariz, tu boca. Mira, eres tú, tu altura, tu sonrisa, tus manos. Y sí, efectivamente era yo por fuera, pero no por dentro. Todos hemos sido héroes y villanos de nuestra historia y de la de otros. De aquellos a los que hemos mentido y de los que nos mintieron a nosotros.

Los que hemos roto algún corazón o hemos recogido los pedazos del nuestro sosteniéndolo en las manos quebrado. Hemos vivido tantas vidas como relaciones humanas profundas experimentamos y de cada una de ellas salimos completamente cambiados. Por eso me molestan aquellos que se aferran a una imagen, a un recuerdo o a una forma de ser o de estar en el mundo que ya no nos representa. Y se irritan y nos atacan con «has cambiado», «ya no eres la misma» a lo que siempre respondo –a veces en voz alta y a veces entre dientes– «menos mal». No tengo nada en contra de mi yo de hace diez o veinte años. Ni siquiera con la que fui hace cinco. Soy esas versiones de mí, pero me gusta pensar que mejoradas. Es muy injusto que dejemos de ver a las personas tal como son en el momento presente y nos agarremos con uñas y dientes a un pasado que se diluye. Es importante -e imprescindible- aprender a dejar ir las partes de otros que amamos y, sin embargo, ya no existen.

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