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El jardín del amor en la música

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23.06.2026

El amor en la música no es una idea fija ni un concepto que pueda encerrarse en palabras. Es una sustancia viva que respira dentro del tiempo, trasformando de forma sin perder su esencia. A veces se vuelve luz, a veces herida, a veces un silencio suspendido. En ese ir y venir invisible, la música lo transforma en paisaje y en memoria viva que atraviesa los siglos sin agotarse.

La música posee el misterioso poder de derribar los muros del tiempo y abrir portales hacia geografías invisibles. Al escuchar sus acordes, las paredes se disuelven y nos convertimos en viajeros de un espacio maravilloso y eterno: un jardín sonoro donde cada melodía es una vereda escondida y cada armonía, una flor que despierta.

En este edén de los sentidos, el aire no se respira: se escucha; las brisas corren en forma de arpegios y el rocío de la mañana se confunde con el trino de las flautas. Adentrarse en él es disponerse a la sorpresa, perderse en un laberinto de luces y sombras donde la naturaleza y el alma humana se abrazan en un idioma perfecto.

En este rincón paradisíaco brota Il giardino d’amore (o Venere e Adone), compuesta por Alessandro Scarlatti entre 1700 y 1705, una de las serenatas más refinadas del Barroco italiano. Inspirada en la mitología clásica, la obra rompe con la tragedia original de Ovidio donde Adonis muere para ofrecer una visión idealizada, pastoril y feliz del amor, en sintonía con la estética de la Arcadia. Estructurada en sinfonía, recitativos, arias y duetos, la pieza se reduce a dos personajes: Venere (contralto) y Adone (soprano). Esta obra........

© El País