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Energía, poder y narrativa: una lectura crítica desde Bolivia

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31.03.2026

El artículo “La gran estrategia energética de Estados Unidos”, publicado en Infobae este 26 de marzo de 2026, presenta una tesis contundente: Estados Unidos estaría reconfigurando el orden mundial mediante el control de la energía —particularmente del gas natural licuado— consolidando así un nuevo ciclo de hegemonía basado en el dólar, la seguridad energética y la inteligencia artificial. Más que un análisis estrictamente técnico, el texto constituye una narrativa estratégica poderosa, alineada con una visión geopolítica que encuentra afinidad con el discurso de Donald Trump: soberanía energética, dominio de mercados y primacía estadounidense que cabalga principalmente en su poderío militar.

El valor del artículo radica precisamente en esa capacidad narrativa. Articula en una secuencia clara —crisis energética, reducción de oferta, reposicionamiento de EEUU, fortalecimiento del dólar— una explicación coherente del presente. Identifica correctamente fenómenos reales: la centralidad creciente del GNL, la vulnerabilidad energética de Europa y Asia, y la relación entre energía y poder tecnológico. En ese sentido, no es un texto banal: captura tendencias estructurales del sistema global, siendo uno de sus componentes  la reconfiguración de los flujos energéticos post-conflictos geopolíticos: la destrucción de los grandes gasoductos rusos Nord Stream 1 y 2; la captura de Maduro y el sometimiento de su gobierno, que le da el control directo de las reservas de crudo pesado más grandes del planeta; el tránsito del gas ruso a través de Ucrania, que finalizó el 1 de enero de 2025 marcando el cierre de una de las rutas principales hacia Europa, principalmente a través de los gasoductos Brotherhood y Soyuz; el control próximo del estrecho de Ormuz y la destrucción de la capacidad productiva y de transporte de Irán tanto de la isla de Kharg, como del gigantesco Pars Sur, el mayor yacimiento de gas natural del mundo y que Irán comparte con Qatar (el mismo que tardaría más de 5 años en reconstruirse a un costo altísimo), también un proveedor central del Asia, en buena parte también al margen del petrodólar; el control del estrecho de Bab el-Mandel tras la destrucción próxima de los Hutties yemenitas, etc, etc. Todos estos acontecimientos, pasados, presentes y del futuro próximo, dejarían a los EEUU como el gran proveedor del 40% al 50% del petróleo y el gas natural licuado del planeta y con el control policial-militar de las grandes rutas del transporte.

Sin embargo, su fortaleza narrativa es también su principal debilidad analítica. El artículo incurre en una sobreatribución de intencionalidad estratégica, sugiriendo que Estados Unidos no solo aprovecha las crisis, sino que las configura deliberadamente. Esta idea roza lo conspirativo y omite la naturaleza caótica de los conflictos internacionales. Asimismo, simplifica el mercado energético global al subestimar el peso de actores como la OPEP o de países como Arabia Saudita y Rusia, que siguen siendo determinantes.

Otra debilidad relevante de esta narrativa es la reducción del sistema monetario global a la demanda energética. Si bien el dólar se fortalece en contextos de crisis, su dinámica depende también de factores como la política de la Reserva Federal, el crecimiento económico y la confianza internacional. Del mismo modo, el vínculo entre energía e inteligencia artificial, aunque real, es presentado de forma excesivamente lineal, ignorando variables críticas como la innovación tecnológica, la producción de semiconductores y el capital humano.

En este punto, es útil caracterizar el artículo como una interpretación estratégica con sesgo direccional fuerte. Es decir, un marco interpretativo que organiza hechos reales dentro de una narrativa orientada hacia una conclusión predeterminada: la consolidación del poder estadounidense. No se trata de una falsedad, sino de una lectura selectiva y amplificada de la realidad.

Desde Bolivia, esta narrativa adquiere una dimensión particular. Como país capitalista atrasado y dependiente, Bolivia no participa en la configuración del orden energético global, sino que lo padece. La caída de su producción de gas, la creciente importación de combustibles y la escasez de divisas reflejan una inserción subordinada en la economía mundial. En este contexto, adoptar sin crítica una narrativa geopolítica externa puede conducir a diagnósticos erróneos y políticas inadecuadas.

Las opciones estratégicas de Bolivia, sin embargo, no son inexistentes. Entre ellas destacan: la diversificación energética (solar, eólica, biomasa, hidrógeno verde, hidráulica), la reducción progresiva de subsidios a los combustibles, la reactivación de la exploración hidrocarburífera y la búsqueda de mecanismos financieros alternativos —incluyendo instrumentos digitales vinculados a commodities como el oro, o acuerdos bilaterales en monedas locales— que reduzcan la dependencia del dólar. Estas medidas requieren coherencia, inversión y una visión de largo plazo que actualmente parece fragmentada.

En cuanto al rumbo probable del gobierno, es razonable anticipar una estrategia de administración de la crisis más que de transformación estructural. Esto implica mantener subsidios para evitar conflictos sociales, recurrir a mecanismos de control cambiario y buscar financiamiento externo en condiciones cada vez más restrictivas. Sin reformas profundas, el riesgo es una transición hacia un escenario de mayor fragilidad macroeconómica.

En definitiva, el artículo analizado no debe leerse como una descripción objetiva del mundo, sino como una narrativa geopolítica eficaz. Su utilidad radica en provocar reflexión, no en ofrecer certezas. Para Bolivia, el desafío no es alinearse con esa narrativa, sino comprender sus implicaciones y construir una estrategia propia en un entorno global cada vez más complejo y competitivo.


© El País