menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Educación emocional en tiempos de ansiedad infantil: aprender a sentir también es aprender

4 0
latest

Durante mucho tiempo pensamos que la infancia era sinónimo de despreocupación, de risas constantes, de juegos sin mayores conflictos, sin embargo la realidad actual nos está mostrando otra cara, una que invita a reflexionar con responsabilidad y sensibilidad. Hoy vemos niños más irritables, más ansiosos, con menor tolerancia a la frustración, niños que lloran con facilidad, que se enojan intensamente cuando algo no sale como esperan, que manifiestan miedos que antes parecían poco frecuentes a tan corta edad.

No se trata de exagerar ni de alarmar, pero sí de reconocer que nuestros niños están creciendo en un contexto diferente, con estímulos constantes, con rutinas aceleradas, con familias muchas veces presionadas por el trabajo y por múltiples responsabilidades. Todo esto influye, y aunque la infancia sigue siendo una etapa maravillosa, ya no podemos ignorar que también necesita acompañamiento emocional consciente.

En educación inicial comprendemos que aprender no solo significa reconocer letras o números, aprender también implica identificar emociones, saber nombrarlas, expresarlas de manera adecuada y regularlas cuando se vuelven intensas. Un niño que no sabe qué hacer con su enojo difícilmente podrá concentrarse en una actividad, un niño que vive con ansiedad constante tendrá dificultad para disfrutar del juego o para interactuar con sus compañeros.

La educación emocional no es una moda, es una necesidad urgente. Enseñar a decir “estoy triste”, “me siento enojado”, “tengo miedo”, es tan importante como enseñar a contar. Cuando un niño logra poner en palabras lo que siente, disminuye la tensión interna, se siente comprendido y aprende que sus emociones no son algo que deba esconder, sino algo que puede gestionar.

En el aula, pequeños espacios hacen grandes diferencias, escuchar con atención, validar lo que el niño siente, enseñar estrategias simples como respirar profundo, esperar unos segundos antes de reaccionar, buscar soluciones dialogadas, son prácticas que fortalecen la seguridad emocional, no se trata de evitar que el niño experimente frustración, porque la frustración también enseña, se trata de acompañarlo mientras aprende a manejarla.

Otro aspecto importante es el ejemplo adulto. Los niños observan cómo reaccionamos frente al estrés, cómo resolvemos conflictos, cómo hablamos cuando estamos molestos. La educación emocional empieza en casa y continúa en la escuela, es un trabajo compartido, donde la coherencia es clave.

Vivimos en una época donde la inmediatez domina, todo parece resolverse en segundos, pero las emociones humanas no funcionan con esa lógica. Un niño necesita tiempo para comprender lo que siente, necesita guía, paciencia y presencia real. La tecnología, el ritmo acelerado de vida y las múltiples distracciones pueden dificultar esos espacios de diálogo profundo, por eso debemos recuperarlos con intención.

Hablar de ansiedad infantil no significa etiquetar a los niños, significa reconocer que están expuestos a situaciones que generan presión, incluso cuando no lo notamos. Cambios familiares, exigencias sociales, sobreestimulación, todo influye en su equilibrio emocional. Por eso es fundamental crear entornos seguros, donde el error no sea motivo de burla, donde el llanto no sea ignorado, donde las emociones sean comprendidas.

La educación inicial tiene el privilegio de sembrar bases sólidas en esta dimensión. Un niño emocionalmente acompañado desarrolla mayor autoestima, mayor empatía y mejores habilidades sociales. Aprende que sentir no es debilidad, sino parte de su humanidad.

Si queremos una sociedad más equilibrada en el futuro, debemos comenzar por fortalecer la salud emocional desde los primeros años. No basta con formar niños académicamente competentes, necesitamos formar niños capaces de comprenderse a sí mismos y de respetar a los demás.

En tiempos donde la ansiedad parece avanzar silenciosamente, la respuesta no es endurecer la infancia, sino humanizarla más. Escuchar más, abrazar más, dialogar más. Porque aprender a sentir también es aprender a vivir.


© El País