Historia de la relación EE.UU.- Irán
Como lo anuncié hace dos semanas en un artículo, USA conjuntamente con Israel, decidieron atacar a Irán. El 28 de febrero, Trump argumentó defender los intereses de USA e inicio una guerra con repercusiones en todo el Medio Oriente. La reacción de Irán fue inmediata, disparando sus misiles a Qatar, Barein Arabia Saudita, Jordania, Emiratos Árabes e Israel, consiguiendo internacionalizar este conflicto regionalmente. El único país no atacado fue Omán, dado que estaba sirviendo de mediador en las conversaciones que no prosperaron.
La conflictiva relación entre Estados Unidos e Irán no es un episodio aislado ni una disputa “reciente”; es, más bien, una estructura histórica de desconfianza que combina memoria política, ideología y competencia estratégica en Oriente Medio. Su genealogía moderna suele situarse en 1953, cuando el primer ministro Mohammad Mosaddegh, asociado a la nacionalización del petróleo, fue derrocado mediante una operación encubierta impulsada por Estados Unidos y el Reino Unido (Operación Ajax). Aquella intervención fortaleció al Sha Mohammad Reza Pahlavi, aliado prooccidental, y dejó en amplios sectores iraníes la convicción de que Washington estaba dispuesto a moldear su política interna cuando estuvieran en juego intereses geoestratégicos.
Durante el periodo del Sha, Irán funcionó como socio clave de Estados Unidos en la región. Sin embargo, el autoritarismo, la represión política y la desigualdad alimentaron un descontento social que culminó con la Revolución de 1979. El triunfo del ayatolá Ruhollah Jomeini no solo cambió el régimen, sino el lenguaje político: la nueva República Islámica se presentó como una ruptura radical con Occidente y como un proyecto de soberanía moral y política. A partir de allí, la rivalidad con Estados Unidos dejó de ser únicamente diplomática: se volvió simbólica, identitaria e ideológica.
El punto de no retorno fue la crisis de los rehenes. El 4 de noviembre de 1979, estudiantes iraníes tomaron la embajada estadounidense en Teherán y retuvieron a su personal, en un episodio que duró 444 días, hasta el 20 de enero de 1981. Para Washington fue una humillación estratégica y un desafío directo al derecho internacional; para Teherán, una acción revolucionaria presentada como “justicia” frente al pasado de intervenciones. Con ese hecho se quebró la posibilidad de una relación convencional y se consolidó un antagonismo de larga duración.
En los años siguientes, el conflicto se expresó mediante sanciones, presión diplomática y una progresiva “regionalización” de la disputa. La lógica iraní se orientó a la disuasión y a la creación de redes de influencia; la lógica estadounidense se concentró en contención y alianzas, especialmente con socios regionales. En el siglo XXI, el núcleo se desplazó con fuerza hacia el programa nuclear iraní. El acuerdo nuclear de 2015 (Jcpoa) intentó intercambiar límites verificables al programa por alivio de sanciones, pero el retiro de Estados Unidos en 2018 reactivó la confrontación económica y estratégica. A partir de entonces, aumentaron las fricciones y se incrementó el riesgo de escaladas.
Esa tensión alcanzó un pico en enero de 2020, cuando un ataque estadounidense en Irak mató al general Qasem Soleimani, figura central del aparato militar iraní. Irán respondió con misiles contra bases en Irak con presencia de tropas estadounidenses, buscando reestablecer la disuasión sin desencadenar, al menos formalmente, una guerra abierta. Este intercambio evidenció la fragilidad del equilibrio: ambos actores podían golpear, pero también debían calcular el costo de cruzar un umbral irreversible.
En la coyuntura posterior, el conflicto se ha movido como un “ajedrez” de presiones: sanciones, acciones selectivas, mensajes militares y disputas por influencia regional. En este marco, la pregunta decisiva no es solo quién tiene más fuerza, sino qué proyecto político logra legitimarse: para Estados Unidos, la prioridad suele ser evitar un cambio estratégico que altere el balance regional; para Irán, sostener su soberanía frente a lo que percibe como cerco y coerción. Por eso, más que un choque episódico, estamos ante una relación estructural: dos narrativas históricas enfrentadas que, desde 1953 y 1979, siguen organizando el presente.
