Geohumanismo y el poder en el mundo
En mi columna anterior sugerí que el sistema internacional nacido al final de la Segunda Guerra Mundial parece haber llegado a un punto de agotamiento histórico. Si las instituciones creadas en 1945 ya no logran responder a los desafíos del presente, surge una pregunta inevitable. ¿Qué marco conceptual necesitamos para pensar el futuro?
La inquietud no surge de una reflexión abstracta. Aparece al observar la distancia creciente entre los grandes discursos diplomáticos y la realidad de millones de personas atrapadas en guerras olvidadas, en Estados frágiles o en sociedades donde la violencia se transmite de generación en generación. En Colombia conocemos demasiado bien ese fenómeno. Durante los últimos años se nos prometió que los acuerdos firmados en La Habana abrirían una nueva etapa histórica. Lo que vino después fue una curiosa evolución semántica. De la “paz negociada” pasamos a la nefasta “paz total”, mientras en amplias regiones del país el Estado sigue siendo, si acaso, una promesa.
Cuando una civilización permite que se robe la infancia de sus niños, algo esencial comienza a quebrarse en su conciencia moral.
Las Farc, el Eln y otras organizaciones criminales han convertido el reclutamiento de menores en una práctica sistemática. No es solo un delito de guerra. Es una barbarie contra la civilización misma, porque roba la infancia, mutila la conciencia y condena a esos niños a cargar durante toda su vida con un odio que nunca eligieron.
Frente a este crimen horrendo resulta inevitable preguntarse por la pasividad de la comunidad internacional. El mundo ha sabido movilizarse frente a horrores específicos cuando la conciencia moral de la humanidad se sintió interpelada. Así ocurrió con la cruzada global contra las minas antipersona. ¿Por qué no sucede lo mismo frente al secuestro sistemático de niños para la guerra o para el adoctrinamiento ideológico?
Las grandes potencias y los organismos internacionales no pueden seguir observando esta tragedia con la comodidad burocrática de quien redacta informes. Si el mundo fue capaz de organizar una campaña global contra las minas antipersona, también debería actuar frente a la destrucción deliberada de la infancia.
Tal vez esta realidad revela un problema más profundo. Durante más de un siglo hemos aprendido a observar el mundo a través de la lente de la geopolítica. Territorios, recursos y equilibrios de poder siguen siendo claves para comprender la conducta de los Estados. Pero el mundo está buscando nuevas narrativas del poder.
La geopolítica explica cómo se distribuye el poder en el mundo. La pregunta que hoy parece inevitable es otra. ¿Para qué debe ejercerse ese poder? A esa reflexión me permito llamar Geohumanismo.
Este enfoque encuentra su asidero intelectual en pensadores como Jean-Jacques Rousseau, quien recordaba que la compasión es una ley natural del corazón humano previa a cualquier convención social. Se complementa con la tesis de Jacques Maritain, quien situó a la persona en el centro de la deliberación política y mostró que los acuerdos prácticos sobre derechos esenciales son posibles incluso ante profundos desacuerdos ideológicos.
Desde esta perspectiva, la fortaleza de una nación también podría medirse por su capacidad de garantizar la inviolabilidad de la conciencia y del cuerpo de sus ciudadanos. El geohumanismo no pretende sustituir la geopolítica ni negar las rivalidades entre Estados. El mundo seguirá siendo un espacio de intereses contrapuestos y equilibrios estratégicos. Pero incluso el poder más sólido se debilita cuando las sociedades que lo sostienen comienzan a erosionarse desde dentro.
La cohesión social, la educación de las nuevas generaciones, la protección de la infancia y el respeto por la dignidad de los mayores constituyen bases humanas esenciales para la continuidad de las civilizaciones.
Tal vez ha llegado el momento de abrir esta reflexión a los centros de pensamiento geopolítico, a las escuelas e institutos de Ciencia Política y a quienes estudian el poder internacional. Tal vez sea hora de construir colectivamente un enfoque que complemente la geopolítica tradicional con una dimensión humanista capaz de orientar el ejercicio del poder hacia la preservación de la vida y la dignidad humanas.
Al final, el destino de las naciones depende menos de sus arsenales que de la vitalidad humana de las sociedades que los sostienen. La historia enseña que el poder que olvida al ser humano termina perdiéndose a sí mismo. Ninguna civilización logra sostenerse cuando las bases humanas que la hicieron posible comienzan a desmoronarse.
