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Se marchitó el jardín de las rosas

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28.02.2026

Al terminar el primer año de gobierno de su segundo mandato, Donald Trump está exhibiendo fracasos sonoros en muchos frentes. No solo el arancelario, en donde con una contundente sentencia de la Corte Suprema de la semana pasada vio cómo se derrumbaba la pieza principal de política económica y comercio exterior -los aranceles-, sino que a medida que se aproximan las elecciones de mitaca en EE.UU. sus índices de popularidad muestran una caída sin precedentes.

La mayoría del pueblo estadounidense que creyó haber elegido al mejor se están dando cuenta que eligió al peor.

Según un estudio de la Universidad de Yale un 50% de los aranceles impuestos arbitrariamente por Trump no podrán ser reestablecidos por la Casa Blanca sin pasar por el Congreso, que, así como sucede con los impuestos, es la máxima autoridad en aranceles.

La primera reacción ante esta decisión de la Corte que, por cierto, se esperaba, y que de ninguna manera puede verse como una sorpresa pues varios tribunales de distrito se habían pronunciado en el mismo sentido, fue la típica de Trump (que hace recordarnos las de Petro cuando el Congreso o las Cortes no lo satisfacen en todos sus caprichos).

Fue, en primer lugar, insultar a los magistrados de las altas cortes. Fueron de tal calibre los desproporcionados insultos a los jueces, que el Wall Street Journal no dudó opinar que lo primero que tenía que hacer el presidente era presentar excusas a la alta judicatura.

Ante la caída de los aranceles, Trump se apresuró a anunciar que impondría al mundo entero un arancel común (los aranceles recíprocos los que anunció en el “día maravilloso” aquel desde el jardín de las rosas de la Casa Blanca quedaron prohibidos después del fallo de la alta Corte.

Eran los mismos aranceles que como un fantoche circense amenazaba con subirle el 50% o el 100% a aquellos países que no se plegaban a sus caprichos. Ahora dice que impondría aranceles del 10%, luego epilépticamente los elevó al 15% al otro día, apoyándose en una ley distinta a la que sustentaban los “maravillosos aranceles” del jardín de rosas. Solo que estos nuevos aranceles no pueden durar más de 150 días vigentes. Las largas colas de jefes de Estado haciéndole antesala a Trump para que les perdone la vida económica, desaparecen.

El arma predilecta del presidente americano, de la que llegó a decir que los “aranceles” era la palabra más hermosa del diccionario, han dejado de tener poder para humillar y maltratar a los países distintos al suyo. En adelante no le servirán a Trump para extorsionar a la comunidad internacional en la arena del comercio internacional.

Pero quizás lo más sorprendente y repugnante -que entre otras cosas revela el alma turbia de Trump- fue su reacción cuando recibió la noticia de que la Corte Suprema había echado por tierra sus “maravillosos aranceles” con los que se pavoneaba y golpeaba a los demás fue esta frase delirante: “Tengo derecho a destruir un país, dijo. Incluso tengo derecho a imponer un embargo destructivo a un país extranjero. Puedo hacer todo lo que quiera”.

Qué hubiera opinado un Washington, un Madison, un Roosevelt o un Kennedy, de que un sucesor suyo tenga estos ridículos delirios de grandeza.

Es la reacción de un atorrante que ciertamente sufre de un agudo desequilibrio mental.


© El Nuevo Siglo Bogotá