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Anomia, modernidad y clima político

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23.02.2026

La situación política del país atraviesa un momento de tensión que no puede comprenderse únicamente desde el debate coyuntural o la confrontación mediática. Más allá de nombres propios y disputas partidistas, lo que se advierte es un fenómeno más profundo: una sensación creciente de desorientación normativa y debilitamiento de la confianza institucional. En términos sociológicos, podríamos hablar de un riesgo de anomia.

La anomia no significa ausencia total de normas, sino debilitamiento de su eficacia y de la autoridad moral que las sostiene. Cuando los ciudadanos perciben que las reglas cambian constantemente, que las instituciones no responden con coherencia o que el discurso público se fragmenta en relatos incompatibles, surge una sensación de incertidumbre colectiva. Esa incertidumbre erosiona el tejido social, alimenta la sospecha y favorece la polarización.

Anthony Giddens ha explicado que la modernidad transforma radicalmente las condiciones de la vida social. Las sociedades contemporáneas ya no descansan en tradiciones inmutables, sino en sistemas abstractos que requieren confianza: el derecho, la economía, los medios de comunicación, la administración pública. Cuando esa confianza se debilita, la ciudadanía experimenta lo que podría llamarse inseguridad estructural. No es solo temor frente a un hecho concreto, sino inquietud frente al rumbo general de la comunidad política.

En el contexto nacional, esta sensación se manifiesta en debates intensos sobre reformas institucionales, sobre el alcance de las decisiones judiciales y sobre la legitimidad de las autoridades. El problema no radica en que existan discusiones -propias de toda democracia- sino en que dichas discusiones a menudo se desarrollan en un clima de sospecha mutua. La esfera pública se convierte entonces en un espacio de confrontación permanente, donde cada actor interpreta las decisiones del otro como amenaza.

Desde la perspectiva de la anomia, el riesgo mayor no es el conflicto, sino la pérdida de referentes compartidos. Una sociedad puede debatir vigorosamente y, aun así, mantener cohesión si existe acuerdo básico sobre las reglas del juego. Pero cuando las reglas mismas se convierten en objeto de disputa constante, la estabilidad se resiente. La incertidumbre jurídica se traduce en incertidumbre social.

Giddens también señala que la modernidad exige reflexividad: las instituciones deben revisarse a sí mismas y adaptarse. Sin embargo, esa revisión debe hacerse con responsabilidad, evitando cambios abruptos que generen más desconcierto que solución. La estabilidad no implica inmovilidad, pero sí requiere gradualidad y claridad.

El desafío actual consiste, por tanto, en reconstruir confianza. Ello demanda transparencia en la gestión pública, respeto por los procedimientos y un discurso que privilegie la argumentación sobre la descalificación. La política, entendida como espacio de deliberación racional, solo puede fortalecerse si las normas son previsibles y si los ciudadanos perciben que existen límites claros para todos.

En última instancia, la lección sociológica es sencilla pero exigente: sin confianza institucional, la modernidad se vuelve frágil. Y cuando la confianza se erosiona, la anomia deja de ser un concepto teórico para convertirse en experiencia cotidiana. Superar ese riesgo no depende de una corriente específica, sino de la voluntad colectiva de reafirmar el valor de las reglas comunes y de preservar la cohesión social.


© El Nuevo Siglo Bogotá