La clase media
Los chilenos no están pidiendo mansiones ni fortunas imposibles. Están pidiendo algo muchísimo más modesto y muchísimo más difícil de reconstruir: estabilidad, respeto, tiempo para vivir, reconocimiento moral al esfuerzo realizado.
He escrito esta columna pensando en Patricio Aylwin. Pensando en aquel momento –hoy casi incomprensible para ciertas élites contemporáneas– en que, antes de asumir la Presidencia de la República, apareció en televisión diciendo con sencillez y orgullo que era un hombre de clase media. Lo decía sin victimismo ni afectación, como quien nombra una dignidad construida lentamente: la de un profesional que había sacado adelante a su familia con estudio, disciplina y trabajo, aun siendo senador, dirigente político y futuro Presidente de Chile.
En aquel país, la clase media no era una categoría estadística manipulada desde una planilla Excel ni un segmento de consumo definido por consultoras. Era una identidad moral. Representaba el mérito, la educación, cierta austeridad republicana y la convicción –tal vez ingenua, pero profundamente civilizatoria– de que una persona podía progresar sin privilegios heredados y sin necesidad de convertir la especulación en forma de vida.
Hoy, en cambio, pareciera que esa misma clase media hubiese quedado atrapada entre la indiferencia burocrática del Estado y la arrogancia desbordada de ciertas élites que hablan del país como si se tratara de una propiedad administrada por especialistas.
No voy a discutir aquí la ley miscelánea ni las habituales tropelías y liturgias económicas con que algunos intentan convencernos de que todo sacrificio social constituye, en el fondo, una forma superior de patriotismo. Esa discusión se agota sola. Me interesa algo más disimulado y, probablemente, más peligroso: la transformación silenciosa de la técnica en autoridad moral.
Porque una cosa es que las sociedades modernas necesiten conocimiento........
