Los peligros del pueblo pequeño
Vivir en un pueblo pequeño es una delicia. Todo está cerca. Los que trabajan van a almorzar a casa y hacen siesta por diez minutos. Los vecinos se conocen y, si aparece el peligro, salen a socorrer a la víctima. Hay esa solidaridad que incluye a los desconocidos.
Pero cuidado con la mala memoria: esos pueblos pequeños tienen peligros que escalan hasta las puertas de palacio, entran a despachos públicos, a comandos y cuarteles y hacen fila al presidente para calentarle el oído, luego la cabeza y, por supuesto, el corazón. Son dardos dirigidos al funcionario, al político, al ganador de una licitación, al aspirante a corporación pública, al magistrado, al cura, al coronel, al maestro, al amigo, al portero… Al instante, todo........
