Ráfagas de acero en llanuras del papel
El tic-tac del reloj de pared medía el tiempo; mi vieja máquina de escribir, el de la eternidad. Cada pulsación hundía el metal en esa pulpa de la hoja. Quedaba impreso un testimonio admirable, ajeno a cualquier prisa externa. En aquella habitación en penumbra, el carruaje avanzaba diente a diente. El aire se saturaba con un aroma denso, mezcla de tinta fresca, madera milenaria, recuerdos con vida propia. La campana sonaba al final de la línea. Anunciaba el nacimiento de una idea, convocaba espíritus del pensamiento olvidados.
Mi redacción habitaba una atmósfera suspendida. Cada letra exigía la fuerza........
