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Columnas de soporte

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26.03.2026


Hubo, desde luego, unos plagiados a los que no les hizo ninguna gracia el chiste, ni se sintieron privilegiados porque el gran escritor se hubiera dignado robarse los frutos de su investigación y la formulación de sus ideas personales. En este punto es inevitable preguntarse cómo alguien que podía escribir textos kilométricos de estructura novelística no quería redactar cuartilla y media de opinión. Hay quienes dicen que el alcohol se lo impedía, ya en estos últimos tiempos; pero habrá también quienes digan que al menos a Bryce Echenique se le notaba la preocupación por no enviar al periódico cualquier cosa que se le ocurriera, y que en realidad siempre intentó impresionar con buenas notas a sus fieles, aunque fueran creación de otros. Lo que puede llegar a hacer la simpatía.

Por casualidad, he leído hace poco en El Mundo, de Madrid, una sugestiva columna que a lo mejor al limeño Alfredo Bryce Echenique le habría gustado teclear: “¿Para qué sirven los novelistas intelectuales?”, pero que en verdad es del español Bécquer Seguín, que ha estudiado estos temas. En resumen, Seguín plantea no creerles demasiado a aquellos que pretenden que el ciudadano solo analice en la imprenta aquello de lo que es experto certificado, tendencia creciente en diarios del primer mundo, puesto que el periodismo de opinión no es necesario ejercicio de academicismo. O no debería serlo. Como supongo que al finado Bryce le habría pasado, a un servidor igualmente le seduce la idea de que usted se empape de cualquier asunto, se haga un parecer y lo exponga.

¿Democracia, libertad? Sí, puede ser; pero, ante todo, sentido común. El día en que a una persona se le impida calladamente elaborar y publicar una tesis periodística sobre asuntos complejos, por más equivocada que tal esté, tampoco sería legítimo aceptar que el mundo académico lidere los procesos educativos. Porque, si solo deben leerse columnas técnicas de los que construyen profesionalmente conocimientos de economía, o de medicina, ¿cuál sería la calidad real de esa comprensión especializada, que prescinde con soberbia de la expresión del objeto de análisis? Al final, Bryce Echenique pudo haber tenido un poco de razón sorda con sus pilatunas copionas, ahora bien celebradas: de qué sirve escribir cuestiones de provecho si nadie las lee. Y, con la misma lógica: de qué serviría descubrir la ciencia de la existencia si no fuera para hacer pensar a todos en ella.

 


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