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La extorsión

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. El problema no es solo su existencia. Es su crecimiento, su mutación y, sobre todo, su normalización. Las cifras recientes lo confirman. En 2025 se registraron más de 8.500 casos de extorsión entre enero y septiembre, con un comportamiento que, lejos de desaparecer, se transforma: mientras la extorsión “tradicional” disminuye, la extorsión digital crece y ya representa más de la mitad de los casos en el país. Es decir, el delito no se reduce: se adapta. Y cuando se habla de adaptación, hay que decirlo sin rodeos: el crimen va un paso adelante. Hoy no se necesita una estructura armada visible. Basta un teléfono, una base de datos y la certeza de que el miedo funciona. Desde cárceles, barrios y redes criminales, se realizan miles de llamadas que convierten la intimidación en un negocio rentable. En muchos casos, ni siquiera es necesario cumplir la amenaza: el simple riesgo basta. Pero si las cifras ya son preocupantes, el contexto es aún más alarmante. En algunas ciudades, la extorsión ha alcanzado niveles históricos, con incrementos superiores al 60% en determinados periodos. En otros escenarios, aunque se reportan reducciones —como en Bogotá, donde ha habido caídas cercanas al 20% o más en ciertos momentos— el fenómeno sigue siendo estructural y persistente. Más grave aún: la extorsión no está sola. El país enfrenta un repunte paralelo de delitos asociados, como el secuestro extorsivo, que en 2025 creció de forma dramática, alcanzando cifras no vistas en una década. Esto confirma lo que muchos prefieren ignorar: la extorsión es solo la punta del iceberg de economías criminales más amplias. Y mientras tanto, la realidad en la calle es otra. El comerciante que paga “vacuna” no lo hace porque quiera, sino porque entiende que denunciar puede ser peor. El transportador que recibe amenazas no confía en que el Estado lo proteja. El ciudadano que contesta una llamada extorsiva no siempre sabe si es falsa… o si esta vez es real. Ese es el verdadero poder de la extorsión: no necesita ejecutarse para ser efectiva. Según los propios informes, en muchos casos las víctimas ni siquiera llegan a pagar, pero el intento queda registrado. Y cada intento es un mensaje: el delito está ahí, acechando, probando, insistiendo. Sin embargo, hay un dato aún más inquietante: el silencio. La extorsión es uno de los delitos con mayor sub registro en Colombia. No porque no ocurra, sino porque no se denuncia. Y no se denuncia por miedo, por desconfianza o por simple resignación. Así, las cifras oficiales muestran una parte del problema, pero no su verdadera dimensión. Aquí es donde la discusión deja de ser jurídica y se vuelve política y social. Porque un país donde la extorsión se vuelve cotidiana es un país donde el Estado pierde autoridad. Donde la ley escrita —como la del Código Penal Colombiano— existe, pero no siempre se impone. Donde el ciudadano calcula si le conviene más pagar que denunciar. Eso no es seguridad. Es supervivencia. Colombia enfrenta una decisión incómoda: seguir administrando el problema con operativos aislados y cifras optimistas, o reconocer que la extorsión ya funciona como un impuesto criminal paralelo que financia estructuras ilegales y condiciona la vida económica del país. Porque mientras el Estado debate estrategias, el delincuente ya entendió algo esencial: en Colombia, el miedo paga. Y paga bien.

 


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