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Crónicas de Facundo: Venezuela, ante el espejo de la decadencia

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20.09.2026

Una premisa resulta elemental y en doble banda. En la misma medida en que cede o se admite que pueda manipularse o modificarse a discreción al sistema de administración de justicia y los valores que lo soportan dentro de todo Estado, para que los juzgadores forjen desde lo judicial la mentira política, afirmándose como fisiología del poder – no se olvide que el TSJ venezolano nombró presidente a Nicolás Maduro luego de ser derrotado en las elecciones por Edmundo González Urrutia – al cabo, todo atentado a la ley como expresión de moralidad social termina siendo justificado y normalizado. Es lo que viene ocurriendo dentro de las dictaduras del siglo XXI, que no son ideológicas, sino que, proviniendo de las viejas derechas e izquierdas expresan verdaderas satrapías electivas, en suma, expresiones de la decadencia civilizatoria que hoy avanza en Occidente.

El crimen y el delito, ahora transnacionalizados y organizados como poder por el derrumbe de las fronteras soberanas y el dominio de la Aldea Global, encuentran, además, una senda ancha para verse purificados y quedar coludidos, es decir, a la orden de las élites tanto políticas y económicas que los prohíjan por razones utilitarias; lo que es peor, con un manido argumento que nos lega la historia. Se viola la ley y se subvierte a la Justicia en nombre de supuestos intereses superiores, dado que la misma Justicia o la ley, dentro de sus nichos formales, resultarían incapaces o insuficientes para atender las urgencias de la nación en su conjunto. Y así, dejan a la misma nación en el descampado, a la suerte de lo mesiánico. 

Esas élites dominantes, sin patria, distintas de la misma nación a la que estas desprecian, encuentran un camino sin alcabalas para realizar sus despropósitos. Entre tanto las gentes, el común de los mortales, pierden el único mecanismo de protección que la misma historia del Occidente judeocristiano les ofrece frente al poder desembozado y arbitrario, el juez independiente. Sólo les resta confiar en que el padre bueno y fuerte emergente o de turno – resurrección del viejo cesarismo napoleónico – cumpla y les proteja. 

Nada más, pues la instancia que le quedaba antier a todo marchante frente al funcionario represor y ante el diputado abusador y de privilegios, a saber, la del mismo juez, muta y queda reducido al papel de notario para el registro del mal absoluto. Es el que se limita a legalizar las ilegalidades por vía del fraude semántico. Esas tenemos, huelgan los ejemplos. Se encuentran a la vista.

De allí que otra vez sirva, para mejor comprender el entuerto, lo que ya he repetido en otros ensayos y columnas, a saber, la enseñanza que toma de la experiencia, de la suya, Joseph Ratzinger, el Papa Emérito fallecido y que vierte ante sus compatriotas del parlamento alemán: “«Quita el derecho y, entonces, ¿Qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?», afirma este citando a San Agustín. 

Y cabe la cruda consideración, como mero indicio, de lo igualmente ocurrido en Venezuela. Por una parte, la satrapía reinante, que con toda liberalidad paga el precio de su prórroga en el poder a su tutor extranjero de circunstancia, ayer........

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