menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Crónicas de Facundo: El fin de las tutelas y la hora de la nación

18 0
03.08.2026

Afirmaba Jorge Olavarría durante los prolegómenos de la mal llamada revolución bolivariana que aquella nos llevaría de vuelta a lo peor del siglo XIX. No nos dejó pistas sobre su momento preciso. ¿Acaso fue el de las traiciones recurrentes entre quienes ambicionaban el poder, desde José Antonio Páez hasta Cipriano Castro? o ¿el de la desviación del Bolívar tutelar de 1812, que luego de su hazaña creadora la desvía hacia los predios del poder vitalicio a partir de 1826, condenándose a la soledad de su muerte en 1830? O bien, ¿trátase de la guerra fratricida por la Independencia, a la que sigue la guerra federal entre 1859 y 1863, en las que mueren, durante cada una, el 30% de los venezolanos?  

La experiencia señalada, en su desenlace es algo más y demencialmente ominoso. No es drama, pues ha destruido alternativas dejándonos en el descampado al conjunto de los venezolanos. Medramos en la orfandad, practicando el nomadismo como los amerindios, invadidos, bajo la línea de la sobrevivencia. Y si alguna proximidad encuentra esto como hito en las páginas recorridas de nuestra historia, nos retrotrae al instante del arrendamiento que se hizo de nuestra provincia por el Rey Carlos I de España en favor de la familia de banqueros alemanes Welser de Augsburgo, en 1528. Lo referí en anterior columna.

Si bien hemos sido república sin nación a partir del gobierno del catire Páez hasta el presente, recorriendo a la inversa el tránsito de las naciones europeas – expresiones sociales y culturales humanamente integradoras – hasta que se dan estas unas personalidades unitarias como Estados, dándoles cabida a los artificios del Leviatán y del contrato social para la gestión de lo político durante los siglos XVII y XVIII, lo cierto es que, en nuestro caso, alcanzamos a ser germen nación hacia el siglo XVIII. Lo aceleran la unificación territorial, el crecimiento económico impulsado por el cacao, y las reformas borbónicas, que nos llevan a tener conciencia de nación hasta la hora en que la primera república nuestra, la de 1811, fue enterrada, y desaparecen nuestras huellas genuinas. 

Habíamos aprendido a ser libertarios y resilientes los venezolanos. Nuestro primer 19 de abril lo marca el alzamiento de nuestros pequeños agricultores, en protesta contra el monopolio comercial de La Guipuzcoana en 1749. Organizados en localidades – nuestros primitivos municipios – pudimos avanzar, así, hacia nuestro segundo 19 de abril, el de 1810.

Bajo la tradición doctrinal y liberal hispana – de factura goda – que luego hace eclosión en las Cortes de Cádiz de 1812, los venezolanos retomamos la titularidad de la soberanía una vez como como la abandonan Fernando VII y su padre ante Napoleón Bonaparte, que invade a la Península. 

El acta de nuestro nacimiento, por lo mismo, hace al pueblo – no al Monarca ni a su Estado – no sólo el depositario sino el titular de los derechos de la soberanía, tal como reza su texto en la parte vertebral: “… y de erigir en el seno mismo de estos países un sistema de gobierno que supla las enunciadas faltas, ejerciendo los derechos de la soberanía, que por el mismo hecho ha recaído en el pueblo, conforme a los mismos principios de la sabia Constitución primitiva de España…”.

No por azar, la Constitución gaditana emergida de las Cortes instaladas en el puerto desde el que zarpó Colón para llegar a nuestras costas y que regirá brevemente en Venezuela, entre 1812 y 1814 y después entre 1820 y 1823, precisa, en su artículo 1, que la........

© El Impulso