Palomeque
Cuando Benjamín despertó, aguijoneado por las ganas de orinar, Palomeque fumaba su segundo cigarrillo sin filtro y tenía todo listo para iniciar el recorrido. Aunque no pronunció una palabra, era evidente su preocupación. Se había bañado con media lata de agua salobre, pero llevaba puesta la ropa del día anterior.
Como siempre, le dio a su hijo un mendrugo de pan y le permitió subir a la carretilla mientras calentaba el sol. “Siete años no es nada”, pensó, mientras acariciaba los bucles del pequeño y se alejaba de los caños en medio del estruendo de las balineras.
Todas las mañanas antes de las siete el niño saltaba de la carretilla y abrumaba a Palomeque con preguntas que a duras penas atinaba a contestar. En cada botadero brincaba descalzo sobre los cartones para compactarlos, recogía latas y disponía los envases de licor de acuerdo con su valor potencial.
Cuando había suerte, Benjamín encontraba una botella de Old Parr y debía hacer un gran esfuerzo para no romperla en procura de la diminuta canica de su gotero. Aquella mañana, al pasar por Barlovento, padre e hijo percibieron el aroma del cabrito en los anafes, pero debieron conformarse con unos pocos sorbos de café y una ración de arroz que les dejó la boca pintada de achiote.
“Sabe más a lisa un arroz con leche”, protestó Palomeque y alargó un billete a punto de deshacerse que el vendedor aceptó a regañadientes.
Luego subieron por la avenida buscando la Catedral, en cuyo pórtico de vitrales tornasolados dormían aún algunos conocidos de Palomeque. Antes de llegar Benjamín preguntó por un grupo de muchachos que, batas al hombro, repetían en voz baja las ideas contenidas en un manojo de fotocopias.
“Son estudiantes”, dijo Palomeque, deteniendo la carretilla frente a uno de los caimitos del parque. “Espérame aquí”, ordenó enseguida y cruzó la calle en busca de un fardo de cartones que un guardián le había prometido. Benjamín siguió a su padre con la vista hasta que ingresó por un portón entornado.
Minutos más tarde, volvió con las manos vacías; le explicó al niño que debían regresar por la tarde, y agregó que era mejor así, pues de ese modo les sobraría tiempo para vender los materiales y desocupar la carretilla.
Palomeque preguntó por Arsenio a unos cartoneros que se desperezaban en las bancas de la plaza, pero nadie le dio razón. Pensó —aunque después lo juzgó improbable— que podría estar dormido en algún escupidero de la Zona Cachacal. “¿Nos vamos?”, interrogó Benjamín. El hombre levantó la vista una vez más y esbozó una mueca al tomar la decisión. “Camina”, ordenó, enderezando la carretilla hacia las salas de cine donde solía dar inicio a la jornada.
Antes de las dos de la tarde habían exhumado las botellas de Malbec del Hotel El Prado; requisado los tanques del mercadito de Boston; apachurrado las........
