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No fue una derrota de la Presidenta, sino una fisura de la hegemonía populista

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Las reformas electorales que se han realizado en el México contemporáneo son producto de una negociación entre los partidos, con el propósito de darle una interpretación a la democracia, donde el partido mayoritario no gane todo, sino que sean representadas las opiniones de todos los partidos para establecer un régimen plural. Así fue desde la apertura de los diputados de partido, más tarde la inclusión de los plurinominales y la independencia de los organismos electorales.

Lo que hoy se ha presentado ha sido un eslabón más de la cadena reformista que inició López Obrador y concluyó con su Plan C. En este caso, la falta de cálculo político y la soberbia implicaron un mecanismo vertical que necesariamente desembocó en una fallida iniciativa.

1)   Se crea una comisión presidencial que no tuvo ninguna capacidad negociadora, lo cual era previsible dado que dicho encargo lo presidió un hombre que transitó de una actitud de apertura hacia una cerrazón absoluta, en relación directa al poder que adquirió el partido Morena.

2)   Gobernación no tuvo ninguna capacidad de operación política, pues lo propuesto implicaba la desaparición de privilegios de sus partidos aliados, que se han caracterizado por jugar un papel de bisagra en los últimos procesos electorales, particularmente el Partido Verde, que lo mismo ha sido aliado del PRI, del PRD, del PAN y de Morena. Su conducta política es el reflejo claro del oportunismo.

No fue una derrota de la Presidenta, porque cumplió, no con la demanda popular que ella sostiene, sino con el compromiso claro con el expresidente López Obrador, que ha reformado nuestra Carta Magna con el propósito claro de construir un partido hegemónico y conservar a plenitud el poder político.

La fisura que hoy se abre tendrá consecuencias en el corto y mediano plazo. Se verá reflejada en las candidaturas del próximo año de gobernadores, diputados, congresos locales y presidentes municipales. Esta grieta política pone al descubierto las debilidades internas de un movimiento político, que no ha podido estructurar un partido funcional para el sistema que pretende imponer.

Los únicos dos personajes importantes que pudieran obtener dicha candidatura son ajenos al núcleo duro de Morena. Omar García Harfuch fue defenestrado de su triunfo para ser Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, y Marcelo Ebrard, derrotado en la contienda interna de las corcholatas, quitándole esa oportunidad a través de la imposición de Sheinbaum.

No serán los partidos de oposición los que cambien la hegemonía, pero esta puede derrumbarse por la falta de cohesión de su partido y, como elemento adicional, no podemos hacer a un lado la política intervencionista, como nunca, de Donald Trump en las elecciones presidenciales en todo el mapa latinoamericano.

No fue una derrota de la Presidenta; se trata de una grieta estructural.

POR ALFREDO RÍOS CAMARENA

CATEDRÁTICO DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNAM

PRESIDENTE DEL FRENTE UNIVERSITARIO LATINOAMERICANO (1958-1962)

VICEPRESIDENTE DE LA SOCIEDAD MEXICANA DE GEOGRAFÍA Y ESTADÍSTICA


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