Muchos años después, en un pasillo de París
Viví en París en 1982, tenía 18 años, y fue un año que cambió mi vida y consolidó, para siempre, mi vocación por las letras. En una librería compré Cien años de soledad, del escritor Gabiel García Marquez, sin sospechar que ese libro me acompañaría mucho más allá de aquellas calles. Durante días no dejé de leerlo; por las noches, para no molestar a mi compañera de cuarto en la casa de asistencia, me salía al pasillo con el ejemplar entre las manos y seguía avanzando, como si temiera que Macondo desapareciera si cerraba los ojos.
La impresión fue tan profunda que nunca quise releerlo. Sentí que volver a sus páginas podría diluir la intensidad de aquel descubrimiento, y preferí conservar intacta la emoción en la memoria. Sin embargo, al acercarse el 6 de marzo —natalicio de Gabriel García Márquez— y recordar la fuerza con la que la comida atraviesa la novela, decidí regresar a ella. Lo hice con una mezcla de suspenso y temor: ¿sentiría lo mismo? La respuesta fue inmediata. La novela no sólo sostuvo su hechizo; reafirmó mi fascinación de entonces, incluso, al leer el........
