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Una semana trágica

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13.04.2026

Hoy, ahora, a la menor sacudida, el mundo entero tiembla. Puede ser por maldad, por ignorancia o por esa necesidad casi automática de reaccionar sin entender. Sin embargo, esto no es algo nuevo. Ya ha pasado antes. En su tiempo, la transmisión de La guerra de los mundos, en 1938, de Orson Welles, logró sembrar pánico en gran parte de la población estadounidense, que incluso llegó a creer estar ante una invasión real. No fue solo un episodio anecdótico, fue una muestra clara de lo fácil que es alterar la percepción colectiva cuando no se distingue entre lo que ocurre y lo que se cree que ocurre.

Distinguir entre realidad y ficción no es un ejercicio menor, es una condición básica de salud mental y de estabilidad social. El mundo ya ha vivido momentos en los que esa frontera se vuelve difusa. Durante la crisis de los misiles en Cuba, en 1962, la humanidad entera contuvo la respiración ante la posibilidad real de una guerra nuclear. No era una exageración, era la comprobación de que una decisión estratégica podía desencadenar una destrucción irreversible.

Entonces, como ahora, muchas decisiones rozan la irracionalidad. Instalar misiles en Cuba fue forzar una reacción directa de Estados Unidos, acortar los tiempos de respuesta y elevar el riesgo de un ataque inmediato. Esa lógica no ha desaparecido. Hoy, aunque no hay evidencia concluyente de que Irán posea armamento nuclear, vivimos en un entorno mucho más desordenado, fragmentado y difícil de contener.

El problema no es solo lo que sabemos, sino lo que puede ocurrir. Un error de cálculo, una decisión precipitada, un arranque de ira de Donald Trump o una escalada mal gestionada pueden cambiarlo todo. La........

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