El año que vivimos peligrosamente
Hoy, lunes 19 de enero, estamos a un día de que se cumpla el primer año del segundo mandato de Donald Trump. Y se puede afirmar, sin excesos retóricos, que ha sido un año en el que hemos vivido peligrosamente.
Nada es igual a como era hace un año. El trumpismo ha desbordado los marcos tradicionales de la política estadounidense y aún está por verse cómo se resolverán las múltiples crisis, tensiones, amenazas, ofertas, pulsos arancelarios y demostraciones de fuerza que ha provocado en este primer año de gobierno. Donald Trump, con su instinto para el espectáculo, a medio camino entre la crónica de sucesos, la nota roja y la cultura de la confrontación sindical neoyorquina –ya sea en los puertos o en las grandes obras–, es un presidente que desentona con la figura clásica del cargo. Trump, para bien o para mal, es algo más que el jefe del poder Ejecutivo estadounidense.
Tiene una intuición singular para entender cuándo el poder se detiene y cuándo no. Si una bala no fue capaz de detenerlo, menos lo harán las leyes, los tribunales, ni siquiera la conmoción social provocada por las operaciones del ICE en barrios de ciudades como Minneapolis, Nueva Jersey o Los Ángeles. A estas alturas y con el contexto que lo rodea, cualquier otro gobernante ya estaría camino de la destitución o, al menos, de una crisis institucional de gran magnitud.
Cualquier otro líder ya hubiera tenido la obligación política y moral de someterse a un marco que hoy parece erosionado hasta el límite: la Constitución de Estados Unidos. Pero si algo Trump ha demostrado en este año es su capacidad para neutralizar no sólo a sus enemigos, sino también su voluntad de victoria. Como escribió Sun Tzu en El arte de la guerra: “La suprema excelencia no consiste en vencer al enemigo en 100 batallas, sino en........
