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La universidad pública en la encrucijada

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05.02.2026

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Una característica importante de la universidad autónoma es que su actividad debe guiarse por programas de excelencia académica, no por presiones y necesidades del ámbito político.

El título de este escrito sugiere que la universidad pública se encuentra en crisis, que su futuro próximo está lleno de incertidumbre y que enfrenta una coyuntura política y social que puede modificar su destino. Este tono dramático no es gratuito ni exagerado. Han sucedido eventos que pueden modificar su devenir. Hay que explicar algunos antecedentes y los hechos mismos, para que el lector pueda evaluar tan oscuras afirmaciones.

Todos los actores en la actual coyuntura se presentan como defensores de la autonomía universitaria, aunque sus posiciones se contradigan. Posiblemente hay que aclararles a los lectores este concepto que en diferentes épocas ha significado cosas distintas. La universidad es una institución que lleva apenas mil años. Algunos tratan de llevar sus orígenes a culturas muy antiguas, en colegios, escuelas y academias. Pero eso es inexacto; la enseñanza sí surgió en los orígenes de la cultura humana, pero la universidad, una institución con sus características y alcances, es un invento de Occidente. La primera fue fundada hace casi 1.000 años en Bolonia, iniciativa de los estudiantes y sus padres, quienes la financiaban pagando a los docentes. Por eso mismo no era autónoma; tenía dueños y a ellos respondía.

Evolucionó pronto hacia instituciones que podríamos llamar públicas (forzando un poco la definición), en el sentido de que no pertenecían a personas particulares, sino que servían unas a la iglesia y otras a reyes y emperadores. Más tarde se constituyeron universidades que servían al Estado, que les definía programas y objetivos. Este modelo se conoció como universidad napoleónica y existen todavía algunas de ellas, sobre todo en regímenes autoritarios (su máximo exponente fue posiblemente la universidad soviética).

A principios del siglo XIX, coincidiendo con las reformas prusianas liberales, se propuso un nuevo modelo de universidad, que se llamó la Universidad Humboldtiana (por su teórico máximo). Su principal premisa era que la formación profesional estaba ligada a la investigación científica, y que les servía a los individuos, a sus estudiantes, que pretendía formar como seres libres, con pensamiento independiente.

El padre Alfonso Borrero Cabal, uno de nuestros mayores estudiosos y teóricos de la educación superior, propuso que ahí surgió el concepto de autonomía, porque las instituciones deben ser libres para investigar y para formar seres humanos intelectualmente libres también. La universidad moderna, en casi todo el mundo, sigue de alguna u otra forma ese modelo. Es autónoma, en algunos casos porque el hecho está explícitamente consagrado en leyes (en nuestro caso en la Constitución), y en otros por costumbre y por su demostrado éxito. El punto central es que esa universidad, sea pública o privada, debe estar libre de presiones políticas en la construcción de su proyecto educativo y en su gobierno.

El magistrado Carlos Gaviria, muy recordado, escribió:

La universidad no se puede concebir sino como autónoma. La universidad heterónoma es una contradicción en los términos. Que al saber le impongan pautas, que se le imponga lo que se debe saber, que se imponga lo que se debe hacer con el saber, o que se establezcan desde afuera, desde el mundo político, por ejemplo, los valores con los que la universidad debe estar comprometida, es una contradictio in adiecto”.

En 1965, en Tokio, la AIU (Asociación Internacional de Universidades) definió en su declaración que la universidad, para ser autónoma, debe tener libertad para darse sus propias........

© El Espectador