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El enemigo íntimo

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11.07.2026

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Todo empieza en un día cualquiera, cuando advertimos una pequeña anomalía: una gota de sangre en la orina o en la saliva, una pérdida de peso sin explicación, un dolor de espalda que no cede, un bultito apenas perceptible, una tos persistente, una alteración en la voz que atribuimos, con optimismo, a un resfriado pasajero, o un lunar oscuro, violáceo, que hasta entonces habíamos preferido no mirar.

Decidimos ir al médico por prudencia, casi por trámite, todavía convencidos de que la vida sigue intacta. No sabemos que ese instante es el comienzo de una ordalía brutal: la espera convertida en tortura, la sospecha administrada gota a gota, la posibilidad de una palabra que nadie quiere oír y cuya mera mención nos parte la vida en dos.

De esas primeras consultas se desprende una sucesión confusa de señales, temores y falsas treguas. Un médico empático nos advierte sobre la posibilidad de algo grave, pero intenta tranquilizarnos con alguna estadística piadosa. Una segunda opinión, menos complaciente, nos obliga a someternos a exámenes más concluyentes. Entonces no queda sino esperar: una cita, una autorización, una imagen, una biopsia, una llamada. Y en esa espera metafísica, la vida queda suspendida entre la esperanza y la tragedia.

Finalmente, con la frialdad burocrática de lo irreparable, llega el informe. Lo leemos con taquicardia. Primero, de manera oblicua, casi supersticiosa, buscando una palabra salvadora entre las líneas; luego saltamos al diagnóstico final, como quien mira de reojo el veredicto antes de tener valor para entenderlo. Después volvemos al comienzo y leemos todo con minuciosidad febril: cada término, cada sigla, cada medición, cada dictamen. En ese documento, de apenas unas páginas, cifrado y redactado con frialdad clínica, aparece escrita con tinta ajena una noticia demoledora.

La carta cifrada dice, en jerga técnica, lo que más temíamos: «cáncer», esa palabra que, incluso en la era de la medicina molecular, todavía conserva el prestigio arcaico de una sentencia de muerte. Una vez comprendida nuestra condición —primero con incredulidad, luego con esa resignación imperfecta que aún se parece demasiado al miedo—, sobreviene la angustia de las estadísticas: porcentajes de supervivencia, curvas de recurrencia, estadios, marcadores, años de vida.

En las enfermedades infecciosas, la imaginación reconoce de inmediato la figura del enemigo. Un virus atraviesa la frontera del cuerpo; una bacteria coloniza un tejido; un parásito se instala en la sangre. En esos casos, el adversario es un intruso, una........

© El Espectador