menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Ese toro bravo que es la fama

34 134
23.02.2026

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

Esto de firmar libros no es broma, es cosa seria. El jueves pasado, en una librería de Madrid, Casa del Libro, en plena Gran Vía, me arrojé a los brazos de mis lectores, o ellos se echaron a los míos, y esa fusión amorosa, pródiga en sonrisas y palabras acarameladas, duró tres horas y concluyó no por falta de más lectores avanzando en la fila serpentina, sino porque la librería, ya era hora, cerró sus puertas. Al día siguiente, en un salón del hotel Wellington, en la calle Velázquez, donde me encontraba alojado, de nuevo los lectores y yo nos amamos sin reservas, con desmesura, y aquella ceremonia de seducción, tocamientos y apareamiento, ellos poseyéndome, yo dichoso, dejándome montar, se extendió por cuatro horas y media, y sobreviví gracias a los cafés y las coca colas que, cada tanto, me alcanzaba un camarero servicial.

Mentiría si dijera que la mayoría de los lectores que me mimaron esas tardes intensas y felices eran españoles nacidos en Madrid. Mi editor y sus jefas de prensa, gallardamente a mi lado, dándome ánimos, tomaron nota de que, en total, firmé unos 500 ejemplares, principalmente de mi nueva novela, “Los golpistas”, pero también de “Los genios”, título que sigue batiéndose con bríos en las ventas. Yo diría que, en números redondos, firmé unos 200 libros a lectores venezolanos, otros 200 a peruanos y unos 100 a españoles. Es decir que la inmensa mayoría de mis lectores eran, a no dudarlo, venezolanos y peruanos, y el resto españoles, y ya luego unos pocos colombianos, argentinos y mexicanos. Casi todos los venezolanos vivían en Madrid y en otras ciudades españolas y, como era de suponer, habían escapado del infierno en su país, se sentían a gusto en ese país maravilloso y a menudo incomprendido por su propia gente que es España y, sin embargo, añoraban la tierra en que nacieron y aguardaban con ilusión el momento de volver, tan pronto como caiga la dictadura. Mis lectores peruanos, en cambio, estaban encantados de haberse arraigado en Madrid, hablaban ya como españoles, parecían orgullosos de ser más........

© El Espectador