“¿Se alegraría de que muera?"
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“¡Bien! Me alegro de que haya muerto…”. Esta frase no es el parlamento de un actor de teatro ni reproduce la reacción de un capo colombiano después de saber que sus sicarios tuvieron éxito. Créanlo o no, es del presidente de Estados Unidos. La publicó en su red social Truth el 21 de marzo pasado, cuando se enteró del fallecimiento de Robert Mueller, el notable fiscal que investigó la interferencia del gobierno ruso en las elecciones norteamericanas de 2016, para incidir en el triunfo de Trump y en la derrota de Hillary Clinton (ver). Mueller concluyó que Rusia sí intervino en esa contienda presidencial. Y, a pesar de que no estableció la participación directa de Trump en el complot, sus conclusiones le costaron el odio de quien manda, de nuevo, en la Casa Blanca y quien, pese a su investidura actual, no tuvo empacho en expresar su felicidad por la extinción del ser humano que, en su caso, ¡era su investigador! Ese deseo obsceno del mandatario estadounidense no es extraordinario. Lo comparten muchos dirigentes de su país y de otros, respecto de los que consideran sus “enemigos”, calificados con esa tacha no porque los enfrenten con armas, sino porque cometen el “delito” capital de tener ideas y parámetros de conducta distintos a las suyos. La diferencia entre el uno y los demás, reside en que el primero expone su impudicia, mientras el resto de los delegatarios del poder político en el mundo, incluyendo........
