Política exterior por imitación
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Siempre es importante saber el lugar del mundo que se ocupa. Saberse en ese espacio significa entender que las acciones producen reacciones y, aún más, que a veces la imitación, cuando se trata de política exterior, puede ser contraproducente.
Hace algunas semanas escribía sobre la surrealpolitik, intentando retratar las formas y piruetas que ha hecho Colombia por no tener un interés nacional claro. Decía, en aquellas líneas, que pareciera que el único interés era no tener uno. Lo anotaba a propósito del momento final del viejo gobierno que acaba de terminar: la decisión de romper relaciones con Israel, pero sin condenar la invasión rusa a Ucrania; la irresponsabilidad del gobierno anterior por entrar en insultos personales contra otros líderes mundiales de orillas ideológicas distintas y, al mismo tiempo, su complacencia frente a las presiones de esas potencias; el show y el llamado a soldados extranjeros a desconocer a su propio gobierno, entre otras cosas.
Tuvo oportunidades de corregir y recular, pero no ocurrió.
Ahora, con el nuevo gobierno, parece hacerse más notoria la concreción de esa surrealpolitik. Siempre se ha dicho en los análisis académicos que la política exterior debe despojarse de las pasiones y de las trincheras ideológicas para convertirse en una juiciosa ponderación que busque la satisfacción del interés nacional en coherencia con las lógicas del sistema internacional. Se podría hacer el análisis más por el revés que por el derecho. Lo que sí parece ser........
