La extraña costumbre de la felicidad privada
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En la novela El extranjero de Albert Camus, su protagonista Meursault, ya condenado a muerte, recluido en su celda (que es la situación más radicalmente desprovista de esperanza que uno pueda imaginarse) hace algo que podría parecer conmovedor y que en realidad es admirable: empieza a recordar su habitación. Va enumerando mentalmente las grietas del techo, la disposición de los muebles, el color de la pared bajo el sol del mediodía. Y concluye, con esa tranquilidad que exasperaba al fiscal, que un hombre con suficientes recuerdos podría pasar cien años en una prisión sin aburrirse. «En cierto modo», dice Meursault, «era una ventaja.»
Para algunos comentaristas la frase es irónica, para otros es trágica, para mí es simplemente cierta: la contemplación detenida de las cosas, la atención sin intención es una fórmula de la felicidad. Meursault no está siendo sarcástico ni estoico por necesidad; está describiendo con precisión algo que la filosofía helenística entendió antes que nadie: que la felicidad va en una dirección equivocada cuando la buscamos afuera, pues la felicidad........
