¿Los días de la IA están contados?
Existen personas que afirman, con tono casi profético, que los días de la inteligencia artificial están llegando a su fin. No es la primera vez que escuchamos este tipo de anuncios. Antes se decretó la muerte de los libros, el ocaso de la radio, la desaparición del pizarrón y el trágico final del periódico. Seguimos esperando que alguna de esas predicciones apocalípticas se materialice. Sin embargo, mientras se anuncia una nueva caída, el poder computacional se expande, los servidores se multiplican y los algoritmos se perfeccionan.
No se trata de una exageración retórica. En los últimos meses, el precio de las memorias RAM ha aumentado de manera sostenida, generando encarecimiento y desabasto en diversos mercados. ¿La razón? La creciente demanda de infraestructura para sostener modelos de aprendizaje profundo que requieren capacidades de procesamiento cada vez mayores. La inteligencia artificial, lejos de extinguirse, demanda más energía, más hardware, más inversión.
La paradoja es evidente: necesitamos cada vez más memoria electrónica para que las máquinas “piensen”, mientras la memoria humana parece entrar en modo de ahorro energético. Recordamos menos números telefónicos, delegamos fechas al calendario digital y externalizamos el esfuerzo cognitivo en una barra de búsqueda. Invertimos en gigabytes, pero descuidamos neuronas.
El problema no está en el avance tecnológico. La innovación es, en muchos sentidos, inevitable y deseable. La ironía radica en la narrativa simplista que lo acompaña. Se repite con dramatismo que la inteligencia artificial sustituirá al ser humano; pero en la práctica, lo que sustituye es nuestra disposición al esfuerzo intelectual cuando decidimos utilizarla como atajo y no como herramienta. La IA no está acabando con la memoria humana. Nuestra renuncia al pensamiento crítico sí podría hacerlo.
Esta reflexión tomó mayor sentido el domingo pasado, a partir de una situación aparentemente ordinaria. Mientras realizaba unas compras en una tienda de conveniencia aquí en la ciudad, dos personas se acercaron con una inquietud que parecía más una discusión intelectual que requería un tercero imparcial. La pregunta, en apariencia ajena al debate tecnológico, fue directa: “¿Por qué muchas empresas no quieren contratar a personas adultas mayores?”
La interrogante, aunque planteada en términos laborales, tenía una dimensión cultural profunda. Respondí que, en buena medida, se trata de sesgo y de una percepción (a veces injusta) de resistencia al cambio. No porque la edad implique incapacidad, sino porque existe la presunción de que actualizarse resulta más difícil cuando durante décadas se ha consolidado una forma específica de trabajar.
La conversación fue breve, pero reveladora. Me condujo de inmediato al debate que comparto el día de hoy. El problema no es la edad biológica; es la edad mental frente a la transformación. Las empresas no buscan juventud por romanticismo, sino adaptabilidad. Valoran perfiles que aprendan de manera continua, que no se intimiden ante nuevas herramientas y que comprendan que el conocimiento hoy es dinámico y acumulativo.
La inteligencia artificial es simplemente la expresión más visible de ese cambio estructural, negarse a comprenderla por temor o por orgullo profesional no preserva la dignidad; limita la competitividad. Idolatrarla sin cuestionamiento tampoco fortalece el perfil; lo subordina a un algoritmo. El equilibrio exige formación permanente, apertura intelectual y disciplina crítica.
La conversación fuera de ser una charla cotidiana de domingo deja una reflexión potente y es que el mercado laboral no penaliza la experiencia; penaliza la rigidez cognitiva. Nuestro sector económico posiciona a la inteligencia artificial en un pedestal muy alto pues su capacidad de ejecutar procesos administrativos, jurídicos, industriales y educativos hace a un lado la opción de actualizarse tecnológicamente y la vuelve una obligación en la competitiva profesional.
Por eso, más que preguntarnos si los días de la IA están contados, convendría preguntarnos si están contados los días del conformismo intelectual. La tecnología continuará evolucionando. La verdadera incógnita es si lo hará acompañada de nosotros o simplemente estamos quedado fuera por nuestro y muy cómodo reposo intelectual.
