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Esperando que el agua llegue

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27.03.2026

El 22 de marzo, en el marco del Día Internacional del Agua, la ciudad se llenó de festivales, actividades escolares y discursos que, por unas horas, colocaron el tema en el centro de conversación pública. Sin embargo, más allá de los escenarios adornados, las palabras bien intencionadas, persiste una realidad que no se disfraza: en esta frontera sedienta, el agua no es solo un tema de agenda, sino una urgencia que atraviesa la vida cotidiana, la salud y la fortaleza de miles de personas.

La conmemoración no debería ser un acto de dibujar gotas a manera de caricatura o reducirse a consignas sin fondo, sino un ejercicio constante de conciencia, responsabilidad y, sobre todo, de acción.

En Juárez, donde el viento levanta polvo y el verano cae como una plancha ardiente sobre los techos de lámina y cartón, el agua no se da por sentada. Se espera. Se calcula. Se guarda. Cuando el calor aprieta, el agua deja de ser comodidad y se vuelve urgencia.

En muchas colonias, cuando aparece en las tuberías, no hay tiempo que perder, la escena más reveladora ocurre de madrugada: las familias no duermen profundamente cuando saben que esa noche el agua puede llegar. El primer silbido en las tuberías basta para despertar la casa. Son las cuatro, las cinco de la mañana. Alguien se levanta, abre la llave del patio, acomoda la manguera, revisa los tambos. Las gotas caen con un golpe hueco en el plástico. Nadie se queja del sueño interrumpido. Se llenan los recipientes con la calma urgente de quien sabe que ese momento no dura mucho. A veces, los niños se levantan somnolientos para ayudar con una cubeta más pequeña. Es una escena sencilla, repetida cada temporada.

Los tambos y recipientes de plástico se acomodan en patios y azoteas como pequeñas reservas contra la incertidumbre. Ahí se guarda lo indispensable para los días que vienen. Pero el desierto también entra en esos recipientes. El viento arrastra polvo, caen hojas secas, a veces flotan insectos diminutos sobre la superficie. El agua se enturbia lentamente, y aun así se usa: para cocinar, para lavar, para lo más necesario de cada día.

En los barrios más alejados, hacia las colonias de los kilómetros en la carretera a Nuevo Casas Grandes, Anapra, Lomas de Poleo y muchas más, el paisaje es un horizonte de tierra y sol, el agua muchas veces llega en pipas que se esperan como si fueran lluvia. Hay madres que saben reconocer en el rostro de sus hijos los signos de la deshidratación: los labios secos, la piel caliente, los ojos hundidos que piden auxilio, que piden agua sin palabras. Llegan también las infecciones intestinales, las visitas urgentes al hospital, historias que revelan lo frágil que puede ser la vida cuando el agua limpia escasea. Y duele pensar que, en pleno siglo XXI, en una ciudad que ve de frente a Estados Unidos, todavía el tema es una incertidumbre, una angustia silenciosa que se cuela por las tuberías vacías.

Gran parte de nuestro suministro proviene del Río Bravo (que alguna vez fue símbolo de abundancia y hoy muchas veces se observa como franja cansada de agua escasa) y, sobre todo, de los acuíferos subterráneos que han sido explotados durante décadas. Es un recurso que no es infinito, que depende de lluvias cada vez más escasas y de acuerdos binacionales que muchas veces resultan insuficientes ante el crecimiento de la población fronteriza.

La ciudad vive de esas fuentes, mientras en las colonias el agua se sigue midiendo en litros, en cubetas, en lo que alcance. Pero hay algo que también brota en el desierto: la solidaridad.

Durante años, jóvenes estudiantes, sin propaganda ni protagonismo, han aprendido a compartir lo esencial. Organizan campañas, realizan actividades, algunas audaces, animosas, otras por demás nobles, nacen de su creatividad, del ingenio, pero sobre todo de su buena voluntad. Cargan camionetas, camiones, cualquier espacio que se mueva y que pueda transportar botellas y garrafones que previamente acomodan con esmero en intensas jornadas de trabajo. Recorren colonias, entregan lo que pueden donde la sed es más intensa.

A veces surgen críticas. Que si las botellas contaminan, que si el plástico, que si no es la solución ideal. Tienen razón. Pero cuando el calor alcanza los cuarenta grados y hay niños con la boca seca, la pregunta cambia de forma: ¿no es primero saciar la sed? Ya habrá tiempo para discutir envases, sistemas y políticas públicas. Pero cuando una madre abre una botella para repartirla entre sus hijos, lo urgente sigue siendo lo mismo que en cualquier desierto del mundo: que el agua llegue.

Por eso, el Día Mundial del Agua debe ser un recordatorio incómodo para ver alrededor, reconocer lo que a veces tratamos de ignorar y esforzarnos por todo lo que aún falta por resolver, reconociendo la desigualdad en una ciudad que raciona lo indispensable.

Aquí la sed tiene nombres, el agua no es cuestión de cifras. El agua arrastra historias, demanda trabajo, y cuando no existe, cuando escasea, somete a las familias a una prueba de resistencia.

Quizás su verdadero significado está en algo muy simple: en la primera gota que cae en una cubeta vacía, en la mano que ofrece a otro, en la esperanza obstinada de que algún día, en esta ciudad del desierto, nadie tenga que esperar la madrugada para beber.

Mientras, es tiempo de sumarnos a esas campañas estudiantiles que buscan llevar agua y alivio donde más se necesita; tiempo de apoyar a quienes trabajan con soluciones pequeñas, pero verdaderas, y entender que cada gesto cuenta, convirtiendo la empatía en algo real.

Ayudemos a ser esas manos que alivian la sed. La solidaridad puede convertirse en una forma de esperanza.


© El Diario