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Religión y lavado de dinero, la guerra que pega a todos

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08.03.2026

En localidades fronterizas de México con Estados Unidos, como Ciudad Juárez, es bien conocido el poder del dólar. En Irán también lo saben, tanto que lideraba esfuerzos para quitarle a esa moneda su hegemonía global, sobre todo en la venta de petróleo.

Los efectos en el tipo de cambio, precios y caídas en bolsas ya se dejaron sentir en la primera semana de hostilidades, pero, de continuar la escalada, existe fundado temor de que las cosas puedan salirse de control.

Por ejemplo, en Ciudad Juárez el dólar se vendía hasta en 17.40 antes del conflicto, para luego regresar a los 18 pesos al menudeo la semana pasada; en El Paso, la gasolina ha ido incrementando su precio hasta 30 centavos adicionales por galón en el mismo periodo.

Aunque con una aportación a la oferta de petróleo crudo de entre solo el tres y cuatro por ciento de la producción global de esta materia prima, la importancia de Irán es significativa porque tiene en sus manos “la llave” del estrecho de Ormuz, por donde cruza el equivalente al 20 por ciento de la oferta diaria global.

Por si fuera poco, Irán es proveedor de clientes como China, quien compra casi el 90 por ciento de su producción. Así que la situación debe estar generando mucha ansiedad en esa potencia asiática, lo cual no es nada bueno.

Pero los detalles de este intercambio y la relación inconfesable del régimen con grupos insurgentes y hasta de lavado de divisas alrededor del mundo fueron la gota que derramó el vaso.

Su tentáculo financiero alcanzaría inclusive grupos de la delincuencia organizada en México; es decir, una película de terror si eso seguía creciendo.

Irán cometió, entre otros pecados, intercambiar petróleo crudo usando sistemas financieros alternos a los controlados por Estados Unidos y sus aliados.

El régimen teocrático recibía criptomonedas como pago e inclusive en forma de trueque, con edificación de infraestructura por parte de empresas chinas.

Todo ello, para evadir sanciones y seguir sobreviviendo como jugador clave en política y factor de inestabilidad y violencia armada.

Por lo pronto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado claro que no dejarán piedra sobre piedra de tal entramado político-financiero; el mundo queda a la expectativa, rogando que las cosas no pasen a mayores.

Las sanciones por parte de Estados Unidos y sus aliados sobre Irán son de larga data; con el tiempo han ido variando.

No obstante, existe una que, para muchos, es el origen de la intención de Irán de liderar iniciativas que le quiten al dólar su hegemonía y, por lo tanto, germen del conflicto.

Se trata de aquella que sacó a los bancos iraníes del sistema SWIFT, por sus siglas en inglés, —Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales—, y no les permite las transferencias más simples.

Sobra decir que, si el dólar perdiera su poder hegemónico, la caída de las principales economías del mundo sería una calamidad de proporciones bíblicas, sin ninguna exageración.

Ese sistema es una red global de mensajería financiera que permite a los bancos comunicarse entre sí para realizar transferencias internacionales de dinero.

SWIFT no mueve el dinero directamente; lo que hace es enviar mensajes estandarizados entre bancos para ordenar pagos, como por ejemplo de tarjetas de crédito o débito.

Pero vamos por partes:

En la Conferencia de Bretton Woods, celebrada en New Hampshire en 1944, representantes de 44 países acordaron construir una nueva arquitectura financiera internacional tras la Segunda Guerra Mundial.

En ese encuentro se estableció un sistema monetario en el que el dólar estadounidense funcionaría como eje del sistema, con las demás monedas fijadas a él y el propio dólar respaldado por oro.

Existía, sin embargo, una propuesta alternativa. El economista británico John Maynard Keynes sugirió crear una moneda internacional que no perteneciera a ningún país: el Bancor.

Esa divisa sería administrada por una cámara de compensación internacional y serviría para equilibrar los déficits y superávits comerciales entre naciones.

La idea fue finalmente rechazada, en buena medida, por la oposición de Estados Unidos, que emergía de la guerra como la mayor potencia económica.

Desde entonces, el dólar estadounidense quedó en el centro del sistema financiero internacional y pasó a respaldar gran parte del comercio global.

Aun después del colapso del sistema de convertibilidad oro-dólar en 1971, la moneda estadounidense siguió siendo la principal unidad de cuenta para transacciones de gran escala entre países, particularmente en mercados estratégicos como el petróleo y otras materias primas.

Además de haber sido expulsado del sistema Swift, Irán fue orillado a buscar alternativas para la compraventa de petróleo y alimentos para su población.

Hasta hace una semana, el país comerciaba a través de intermediarios, en monedas como el yuan chino, con criptomonedas, trueques y redes paralelas de financiamiento como esquemas de lavado de dinero.

Esa es una de las razones por las cuales el régimen ha apoyado los esfuerzos de Brasil, China, India, Rusia y Sudáfrica —los BRICS— para tumbar al dólar del pedestal comercial mundial.

Que Irán opere y permita que crezcan medios de pago alternos que amenazan la estabilidad financiera del mundo al torpedear al dólar sugiere una razón suficiente para que Estados Unidos interviniera en el conflicto.

Los tentáculos de Irán podrían extenderse hasta México, ha advertido el periodista Jorge Fernández Menéndez, quien ha señalado en diversas ocasiones los vínculos que han existido entre gobiernos aliados de Teherán en América Latina y posibles operaciones con implicaciones de seguridad en la región.

En su análisis, recuerda que durante años se consolidó un eje político entre Venezuela, Cuba e Irán, países que —según plantea— habrían colaborado entre sí en distintos movimientos geopolíticos y que ahora enfrentan fuertes presiones y cambios en el escenario internacional.

Uno de los episodios más inquietantes, señala el periodista, fue el caso de un avión de carga vinculado originalmente a la aerolínea iraní Mahan Air, posteriormente operado por la empresa venezolana Emtrasur, que permaneció varios días en Querétaro antes de volar hacia Argentina en 2022.

De acuerdo con los reportes citados, parte de la tripulación estaría ligada a la Islamic Revolutionary Guard Corps, organización sancionada por Estados Unidos y señalada por presuntos vínculos con actividades terroristas.

El avión fue finalmente retenido en Buenos Aires, después de que autoridades detectaran que la aeronave figuraba en listas de sanciones internacionales, lo que alimentó las sospechas sobre las redes de cooperación entre actores iraníes y gobiernos aliados en la región.

El régimen teocrático de Irán se instauró en 1979 tras la Iranian Revolution, un movimiento político y social que derrocó al monarca, Mohammad Reza Pahlavi, y puso fin a la monarquía que gobernaba el país.

Con el triunfo de la revolución regresó del exilio el clérigo chiita Ruhollah Khomeini, quien impulsó la creación de una república islámica basada en el principio del liderazgo religioso sobre el poder político.

Ese mismo año, un referéndum nacional aprobó la formación de la República Islámica y una nueva constitución estableció la figura del Guía Supremo, autoridad religiosa con amplias facultades sobre el Estado, un modelo que desde entonces define el sistema político iraní.

Dicho proceso está ampliamente documentado en estudios históricos y en registros académicos como los de la Encyclopaedia Britannica, que describen la revolución de 1979 como el momento fundacional del actual régimen iraní.

Considerando lo anterior, el régimen represivo de Irán lleva casi medio siglo en el poder.

Desde entonces, organizaciones de derechos humanos como Amnesty International y Human Rights Watch han documentado durante décadas detenciones de opositores, restricciones a libertades civiles y represión de protestas, lo que ha llevado a numerosos analistas a describir al régimen como uno de los sistemas políticos más restrictivos de Medio Oriente.

El episodio más reciente de represión sucedió a finales de diciembre de 2025, cuando miles de manifestantes que se hartaron de la inflación y la carestía de la vida marcharon en las principales ciudades y fueron atacados por el mismo gobierno y su fuerza policial.

Se estima que, en este evento, fueron encarcelados miles de ciudadanos y muertos por lo menos 15 mil, aunque pudieran ser más, ya que el régimen no permite el flujo de información.

Desde la instauración de la República Islámica en 1979, el régimen teocrático de Irán adoptó una postura abiertamente hostil hacia Israel, al que considera un Estado ilegítimo dentro de su narrativa política y religiosa.

A partir de entonces, Teherán rompió relaciones diplomáticas con Israel y comenzó a respaldar a organizaciones armadas que mantienen confrontación directa con el Estado israelí, como Hezbollah, en Líbano; y Hamas, en Gaza.

Este enfrentamiento ha sido principalmente indirecto durante décadas, mediante financiamiento, entrenamiento y suministro de armamento a esos grupos, aunque en los últimos años la tensión ha escalado hasta episodios de ataques directos con drones y misiles, reflejando una rivalidad geopolítica profunda en Medio Oriente que combina factores ideológicos, estratégicos y religiosos.

En ese sentido, el régimen también se ha destacado por la fabricación de drones, mismos que ha facilitado a Rusia en su campaña militar contra Ucrania.

Entre los equipos más utilizados destacan los drones Shahed-131 y Shahed-136, considerados drones suicidas, así como el dron de ataque Mohajer-6. Se trata de aeronaves no tripuladas capaces de recorrer largas distancias —en algunos casos cientos o incluso miles de kilómetros— y que están diseñadas para impactar directamente contra su objetivo transportando explosivos.

Su relativa simplicidad tecnológica permite fabricarlos a menor costo que los misiles convencionales, lo que los convierte en una herramienta militar efectiva para ataques masivos o prolongados.

Finalmente, es importante mencionar que a Irán se le acusa de tener una clara estrategia para el desarrollo de armas nucleares que podría utilizar contra los que considera sus enemigos, primordialmente Estados Unidos e Israel.

Y, aunque lejano en geografía, el conflicto tiene todos los ingredientes necesarios para sumir al planeta entero en una crisis económica de grandes proporciones. Nadie, en este caso, está al margen de sus efectos.


© El Diario