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“Si conocieras el don de Dios…” (Jn 4, 10)

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08.03.2026

“En cuanto a mí, lo que me atormenta es la idea de Dios. ¿Y si no existiera? ¿Si fuera Rakitin quien tiene razón al pretender que es una idea artificial, inventada por el hombre? Si Dios no existiera, el hombre sería el amo de la Tierra, del Universo entero. ¡Magnífico! Pero en este caso, es decir, no habiendo Dios, ¿cómo se las arreglaría el hombre para ser virtuoso? ¡Esa es la cuestión! Yo me planteo este problema sin cesar. ¿A quién amará entonces el hombre? ¿A quién estará agradecido? ¿A quién cantará su himno? ...” (Dostoyevsky, Los hermanos Karamazov).

Sin duda alguna la novela Los hermanos Karamazov es uno de los escritos magistrales de Dostoyevsky. En dicha novela (y en todas las demás), el autor plasma, en el encuadre de un análisis psicológico y espiritual profundo de la naturaleza humana, temas varios que atormentaron al escritor durante toda su vida: el sufrimiento humano, el sentido de la vida, la posibilidad de la redención, etc. Sin embargo, uno de los problemas más importantes es el de la existencia de Dios y su relación con el sentido de la existencia humana y la moral.

La cita con la que abro el presente escrito pertenece a un diálogo extenso que sostienen dos de los tres hermanos Karamazov: Aliocha y Dimitri. El padre de los hermanos, un ser vil, acaba de ser asesinado y todo parece indicar que fue el hermano mayor, Dimitri, quien cometió el parricidio. Este, en la cárcel, recibe reiteradamente las visitas de su pequeño hermano Aliocha, quien es además un monje novicio. Dimitri, ya en la cárcel, realiza una serie de reflexiones e introspecciones, mostrando su necesidad de expiación y redención, aunque es inocente de la muerte de su padre.

Como se constata, la idea central de este diálogo en particular es precisamente la necesidad de Dios en la existencia humana para que el hombre no viva sin una referencia a un Tú trascendente y definitivo que motive y dé sentido moral al actuar humano para realizar el bien y evitar el mal. De lo contrario, el hombre termina considerándose amo absoluto de sí mismo, de los otros y del mundo, y acaba sumergiéndose en un sinsentido (nihilismo) y en un absurdo que cristaliza en un vacío moral en donde todo está permitido, incluyendo el exterminio de los semejantes a través de las maneras más infames y espantosas y, en el peor de los casos, bajo la bandera de ideologías vanas que no llevan a ningún lado ni generan nada y terminan corrompiendo a cualquiera (Cfr. Dostoyevsky, Los demonios).

He pensado mucho en Dostoyevsky y en estos agudos análisis suyos de la mísera condición humana, debido a los tristes acontecimientos de los que hemos sido testigos todos nosotros a través de los medios de comunicación. Tenemos en el escenario mundial los ataques de EU y el Estado de Israel contra Irán. Es bien sabido que uno de los bombardeos, totalmente fríos y calculados, ha resultado en la muerte de niñas. ¡Los niños! El sufrimiento de los inocentes, he ahí otro gran dilema para Dostoyevsky. En el escenario nacional, seguimos hablando todos (aunque pareciera que está quedando medio paliado el asunto por Shakira, que cantó muy alto, demasiado alto la canción “Bruta, ciega, sordomuda”) de lo ocurrido el 22 de febrero del presente año: la muerte del “Mencho” provocó una oleada de violencia sin precedentes en varios estados de un país que se vio sometido y paralizado por el despótico y satánico poder del narco. Para culminar el asunto, hace unos días se vivió la apoteosis de este siniestro personaje en el marco de una pantomima de liturgia grotesca, donde, encerrado en su sarcófago de oro, quedó al centro el dios, rodeado de flores, rezos vacíos e hipócritas, música de banda y alcohol, mucho alcohol.

“Si Dios no existe, todo está permitido”, expresa Dostoyevsky, y nosotros lo atestiguamos en medio de un país y de una ciudad como la nuestra donde se han cometido crímenes dignos de escribirse en las páginas más oscuras de la historia del crimen (P. Hesiquio), y en donde pareciera que muchos viven y practican una religión sin Dios, es decir, se vive una religión llena de rezos y devociones que rayan en la superstición, pero no una relación profunda con Dios que termina transformando plenamente la vida. Por ello, es perfectamente entendible que después de ¿rezarle a Dios? se odie al prójimo, se torture y se asesine de mil maneras horribles.

En medio de todo este contexto, la Liturgia de la Palabra del presente III domingo de Cuaresma nos ofrece un texto tomado del Evangelio de Juan. Se trata del diálogo entre Jesús y la Samaritana (Cfr. Jn 4, 1-42). Jesús va de paso por Samaria a Galilea. Allí se detiene hacia el mediodía en el pozo de Jacob, cerca de la ciudad o aldea de Sicar. En este sitio se encuentra con una mujer samaritana que va a sacar agua del pozo y con ella entabla una conversación en la que los interlocutores hablan el uno con el otro desde distinto nivel: Jesús habla desde un sentido espiritual, y la mujer samaritana, desde un sentido netamente material. Se trata de un diálogo extenso que conviene ir explicándolo poco a poco.

Jesús, fatigado del camino, se sienta junto al pozo. Es mediodía (hora sexta). Una mujer llega para sacar agua. Jesús le pide que le dé de beber. Ella se extraña de que él, siendo judío, le pida de beber a ella, una mujer samaritana. Jesús va a ir llevando el diálogo poco a poco hacia temas más profundos e importantes.

Jesús contesta señalando que si la samaritana supiera quién es el que le está pidiendo de beber (el Hijo de Dios encarnado, portador del Espíritu y dador de vida eterna), ella le pediría de beber y él le daría “agua viva”, es decir: el Espíritu Santo, que posibilita el acceso a Dios desde una nueva relación de amor, en la que el hombre recibe una condición existencial nueva: llega a ser hijo de Dios en el amor de Dios, el cual se relaciona con el hombre como Padre. Desde esta nueva relación con Dios, el ser humano renace a la vida del amor que desemboca en la comunión con el otro, quien ya no es visto como un enemigo a vencer o aniquilar, sino como un hermano al que hay que amar. Del agua material del pozo se pasa al agua viva como don de Dios entregado a través de Jesucristo, el Hijo.

Siguiendo con el diálogo, vemos que la mujer samaritana no entiende a Jesús y entonces señala, no sin un dejo de ironía, el hecho de que el Señor no tiene manera de sacar agua del pozo para darle de beber a ella. Jesús da un paso más y señala que quien beba del agua del pozo, el agua material, volverá a tener sed, pero quien beba del agua, del don inmaterial que Jesús porta y da, nunca más tendrá sed. Esta sed expresa la búsqueda de sentido, de trascendencia, la sed de ser amados que es parte de la naturaleza humana. La samaritana entonces pide que Jesús le dé de esa agua para que ella nunca más tenga que ir al pozo a sacar agua. La mujer sigue pensando en un plano meramente material y, por lo tanto, piensa en el agua física y en la sed del cuerpo.

Jesús entonces vuelve a avanzar y le dice que llame a su marido. La mujer indica que no tiene marido y Jesús le contesta que dice la verdad, ya que ha tenido cinco maridos y con quien vive actualmente no es su marido. Jesús expone la vida moral íntima de esta persona para mostrar que él no es cualquier persona, sino alguien que es capaz de ver el interior de la vida.

No se trata, por lo tanto, de un señalamiento o reproche moral y tampoco de un llamado directo a la conversión de la vida, aunque, desde luego, la conversión sea importante para Jesús; este llamado, por supuesto, vendrá después.

La mujer capta que Jesús es un profeta y entonces, olvidando el asunto del agua del pozo, le plantea la cuestión de dónde se ha de adorar a Dios; logra dar el “giro” o el “salto” que Jesús quiere. De la cuestión del agua y la sed materiales pasa ahora a la cuestión bastante más importante y trascendental sobre la adoración a Dios, y por lo tanto al tema de la relación que se ha de tener con Dios, ya que aquí la cuestión del lugar del culto no es meramente ritual o externa, sino que toca o tiene que ver con la existencia del hombre, con el encuentro y, por ello, la relación que tiene éste con su Dios.

Jesús declara que por una parte a Dios se le adora en “espíritu y verdad” (es decir, desde la nueva condición de vida de hijos de Dios en el amor), y los que pretenden adorarlo deben hacerlo de esa manera. De hecho, es este tipo de adoradores el que busca y quiere el Padre.

Por otra parte, indica que los samaritanos adoran lo que no conocen, mientras que los judíos adoran lo que sí conocen (es decir, hasta ese momento la forma verdadera de culto a Dios es la de los judíos), y que, además, la salvación (el Mesías) viene de los judíos.

Sin embargo, con su llegada ya no importa si se es judío o samaritano o de cualquier otra raza, sexo o condición. Tampoco ya importa si se adora a Dios en Jerusalén o en el monte Garizim o en cualquier otro lugar físico. Es importante señalar que con estas expresiones Jesús no deroga el culto externo, pero lo que sí indica es que al Padre se le adorará desde esta nueva condición de hijos de Dios, una condición que viene del Espíritu que nos hace hermanos a todos.

Sin la vivencia de esta condición de hijos del Padre, nuestro culto es un absurdo y nuestras iglesias son cáscaras vacías, nada más y nada menos que el resultado de la “muerte de Dios”, como lo indica Nietzsche en el famoso aforismo 135 de La gaya ciencia.

La samaritana menciona en este punto al “Mesías”, que debe venir para poner las cosas en orden. Inmediatamente Jesús le revela que él es el Mesías. La mujer deja el cántaro y corre al pueblo para compartir la buena noticia con la gente.

La mujer ha llegado a la luz de la fe en Jesucristo, ha comenzado ya a experimentar la vida eterna, la saciedad de su sed, de su búsqueda de sentido y de amor en la vida. Ese es el propósito de Jesús: infundir la fe que nos permite abrirnos al don de Dios, que él porta y viene a dar entregando su propia vida en la cruz, y que esta sociedad agonizante y podrida necesita para su salvación.

Es el don de la fe que se manifiesta en la luz concreta del testimonio que los cristianos somos capaces de dar cuando amamos aún a aquellos que nos cuesta amar y perdonar, renunciando así a todo gesto violento; es la luz de la fe que da sentido a la oscuridad que viven tantas personas que sufren el secuestro de algún familiar. ¡Los desaparecidos!

Vivimos en una ciudad de sombras, de suspiros de dolor y de clamores. ¡Cuánta falta nos hace llorar juntos!, no es momento de conciertos, creo en mi muy humilde opinión. Las lágrimas tienen la capacidad de liberarnos, de concientizarnos y sensibilizarnos ante el dolor del otro, nos vuelven consufrientes y nos comprometen en la búsqueda y trabajo por la justicia.

Pienso en todo esto por mi querido maestro, el Pbro. Francisco García y el acompañamiento que realiza, desde hace años, a las madres buscadoras. Es una labor callada, discreta, pero llena de la luz de la fe, es decir, de la experiencia de un Dios vivo que ama y entrega la vida, que sufre y llora con nosotros, pero que al mismo tiempo nos devuelve la esperanza y el sentido de la vida, al comunicarnos el don de la vida eterna en su Hijo Jesucristo, de cuyo costado abierto en la cruz ha brotado el manantial del agua viva (Cfr. Jn 19, 34).


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