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Más Montaigne y menos TikTok

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13.04.2026

Un año más hemos sido testigos, directa o indirectamente, de los estragos de la Semana Santa: horas infinitas en caravanas de coches o aeropuertos, accidentes ... de carretera, gasto inasumible con el correspondiente endeudamiento más veces de las que se piensa, agotamiento físico y mental por querer ver todo en el menor tiempo posible o frustración porque la climatología no ha cubierto las expectativas esperadas. No sé si tiene algo que ver con esto que las ventas de automóviles se hayan disparado en marzo. Pero viajar en Semana Santa da forma a una de esas ambiciones que uno se ha ido forjando durante el año, muy amplificada desde la pandemia, y alimenta uno de los síndromes de sesgo emocional más común de nuestros tiempos: el FOMO.

El FOMO (fear of missing out), acrónimo de actualidad que significa miedo a estar ausente, a perderse algo, a no participar en experiencias que otros disfrutan, parece ser que hunde sus raíces –como tantos otros síndromes sensitivos del hombre contemporáneo–, en las tan denostadas redes sociales de las que es ya demasiado repetitivo hablar. Pero no es solo eso: el FOMO es también producto de la velocidad vertiginosa de la vida moderna que nos impulsa a estímulos nuevos y constantes, a llenar cada minuto de nuestro día, a la hiperinformación insaciable y precipitada –irreflexiva– que no deja sedimento en la memoria, y consigue provocar una variedad de sinestesia existencial en la que la conectividad entre las múltiples actividades dificulta habitar un presente consciente y anula toda concentración en el aquí y el ahora.

El fenómeno FOMO –que todavía no ha sido clasificado como trastorno, pero al tiempo– está producido por la aceleración que gobierna nuestras vidas y es una de las causas principales del estrés a que nos somete esta sociedad tecnocapitalista que obliga a vivir sin pausa, a galope, por la necesidad de generar no solo economía, sino también el máximo de experiencias. Pero el FOMO actúa de tal forma en la persona que, lejos de ocasionar bienestar, lo disminuye. Una mala gestión, al fin, del sistema parasimpático –el encargado de la relajación–, tras la acción de su opuesto, el simpático. ¿Resultado? El desquicio cuando menos, las enfermedades mentales y acariciar el suicidio cuando más, he ahí su descomunal y terrorífico legado.

Y aunque se define como una forma de ansiedad cada vez más frecuente entre los jóvenes, no es un problema solo representativo de la juventud a la que, erróneamente, se le achaca el ostentar la exclusividad en la adicción a redes y dispositivos electrónicos.

El FOMO va más allá. Es refugio de la insatisfacción, la metadona de una vida plena. El FOMO es ansia, dispersión. El FOMO es adictivo y puede decirse que también ha llegado a las artes, vale la pena detenerse en esto: en literatura la narrativa de ritmo trepidante, característica imprescindible de un 'best seller', vende más que nunca. Muchos programas de televisión abruman con la sucesión incontinente de imágenes que duran nanosegundos. Y la música acelerada de sonidos uniformes –reggaetón, rap pop, electro pop– ha tocado el cielo de la popularidad y sus beneficios económicos nunca antes habían sido igualados. No cuestiono la calidad de ninguna de estas propuestas, por supuesto, solo hablo del estilo. Afortunadamente el último cine español más reconocido y premiado se escapa de estos criterios. FOMO contra JOMO (joy of missing out). 'Slow food' frente a 'fast food'.

El FOMO es producto de la velocidad vertiginosa de la vida moderna que nos impulsa a estímulos

Hay otro vocablo de cuño actual que yo relaciono con el FOMO: la cronofobia o el vértigo que se siente ante el paso irremediable y constante del tiempo que, a mi modo de ver, nos impulsa a llenar los días hasta la locura. Un día activo es un día rico, aprovechado, vivido. La apuesta por el triunfo sobre el tiempo. Un día ilusoriamente mejor. Funcionar a tope antes de que sea demasiado tarde para sentir que vivimos el doble, aunque la triste realidad es que la ocupación frenética hace que la duración de las semanas parezca la mitad. ¿Olvidamos o ignoramos deliberadamente que el tiempo es una magnitud inasible? El tiempo pasa, fluye, vuela. A pesar de.

Montaigne, el gran humanista francés del siglo XVI, dejó escrito en sus 'Ensayos': «Decimos: 'Hoy nada hice'. ¡Pues qué! ¿no habéis vivido? Esta no es solamente la fundamental, sino la más relevante de vuestras labores».

Qué gran mensaje. Entonces hay que volver a Montaigne. O a la reflexión de los filósofos. O a las lentas descripciones del XIX con las que viajaba nuestra imaginación. O a los cuentos de hadas donde una princesa podía dormir –solo y nada más que dormir– durante cien años, tras los cuales todo seguía en su lugar: se despertaba y se casaba con el príncipe.

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