La memoria de las playa
Tengo una amiga a quien no le gusta ir a la playa por las tardes porque dice que es como meterse en una cama sin ... hacer: las sábanas revueltas, algún pelo adherido a la almohada, olor a dormido. Ella, como yo, prefiere ir bien temprano, cuando han pasado los equipos de limpieza y han recogido la basura de veraneantes incívicos, cuando los rastrillos han dejando la arena lisa y preparada para extender las toallas, cuando la mar todavía no parece una sopa con tropiezos. Parece que la arena y las olas están por estrenar: no tienen huellas ni historia ni memoria. La huella a la orilla del mar es efímera, dura lo mismo que tarda la siguiente ola en llegar, pasar por encima de ella, arrastrarla y borrarla. Si no acaba con ella la primera ola, lo hará la próxima. Así son las playas, al menos cuando estamos en sus orillas y solo miramos a nuestros pies y al agua que los lame: territorios que parecen renovarse cada amanecer, que perduran en el tiempo fuera de la historia humana.
Pero bien sabemos que esto no es así. Es obvio que por esta orilla por la que paseo o en esta roca donde dejo la toalla y la mochila antes del primer chapuzón, han paseado antes miles de personas, han dejado su toalla y su mochila; en otros tiempos, cuántas mujeres habrán despedido a un marido o un hijo que se adentraba en la mar en su txalupa para buscar el sustento. También muchas playas han sido testigo de huidas desesperadas, como la playa guipuzcoana de Saturraran, desde la que en septiembre de 1936 salían pequeñas barcas en las que llegar a los vapores que esperaban ante los puertos de Ondarroa y Mutriku para embarcar a cientos de exiliados........
