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4.500 millones atrapados: lo que Tenerife pierde cada día que una obra no empieza

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15.03.2026

Visita a las obras del nuevo polideportivo de María Jiménez / Arturo Jiménez

Tenerife tiene hoy más de 4.500 millones de euros en infraestructuras pendientes. No hablamos de promesas electorales ni de ideas sobre el papel. Hablamos de proyectos definidos, estudiados y anunciados durante años, muchos de ellos esenciales para la movilidad, la logística o el desarrollo económico de la Isla.

Y, sin embargo, siguen ahí: en trámites, informes, recursos, revisiones o reformulaciones administrativas.

La explicación fácil es hablar de «burocracia», como si fuera una especie de niebla que aparece y desaparece por los pasillos de la administración. Pero la burocracia no es un fantasma. Tiene nombre y apellidos.

Se compone de leyes mal diseñadas, normativas de baja calidad técnica, reglamentos excesivamente restrictivos y procedimientos administrativos ineficientes. Todo ello genera un sistema que, en lugar de garantizar seguridad jurídica y agilidad, termina paralizando decisiones durante años.

Y ese bloqueo tiene un coste, el coste económico de no hacer

Cuando 4.500 millones de euros de inversión pública o público-privada permanecen bloqueados, el problema no es solo el retraso de una obra. El problema es el impacto acumulado en la economía real.

Esto significa que miles de empleos que no se crean, tanto directos como indirectos. Que existen empresas que no pueden crecer porque faltan infraestructuras básicas, una mayor congestión y menor productividad en la movilidad de la Isla que culminan con un menor atractivo para nuevas inversiones.

Cada año que un proyecto se retrasa la economía pierde actividad, competitividad y oportunidades.

En una isla donde el territorio es limitado, la eficiencia en infraestructuras no es un lujo: es una condición para el crecimiento.

Orgullo en lo que somos… pero responsabilidad con el futuro

Canarias, y especialmente Tenerife, ha construido una posición extraordinaria en el mundo del turismo. Somos una de las grandes potencias internacionales del sector servicios, y debemos sentirnos orgullosos de ello.

Pero precisamente por esa fortaleza tenemos una responsabilidad adicional.

La economía de la isla depende en gran medida del turismo. Y eso significa que cualquier crisis internacional –económica, sanitaria o geopolítica– puede tener un impacto directo en el empleo y la actividad. Por eso la verdadera estrategia no consiste en cuestionar el turismo.

Consiste en reforzar la economía para que, si el turismo se resiente, tengamos alternativas capaces de sostener empleo y generar riqueza.

Infraestructuras modernas, movilidad eficiente, puertos competitivos, conectividad logística o espacios económicos bien planificados no son obras aisladas. Son las bases sobre las que se construyen nuevos sectores productivos.

El verdadero desafío: desbloquear y transformar

Resolver esta situación exige algo más que voluntad política puntual. Requiere revisar cómo funciona nuestro sistema de decisión pública.

Algunas líneas de acción son claras:

1. Mejorar la calidad de las leyes.

Las normas deben ser claras, técnicamente sólidas y aplicables, evitando marcos regulatorios que generen bloqueo permanente.

2. Simplificar los procedimientos administrativos.

Menos duplicidades, menos trámites innecesarios y más coordinación entre administraciones.

3. Establecer plazos reales y exigibles.

Las decisiones públicas no pueden extenderse durante décadas.

4. Priorizar proyectos estratégicos. No todo puede hacerse a la vez, pero lo importante debe ejecutarse.

5. Integrar desarrollo económico y sostenibilidad.

El progreso no puede enfrentarse a la protección del territorio; debe planificarse con inteligencia. El tiempo también cuenta.

Las sociedades no solo se desarrollan por las decisiones que toman, sino también por las decisiones que se retrasan demasiado. Tenerife sabe qué infraestructuras necesita. Las ha estudiado, las ha debatido y las ha planificado durante años. Ahora el reto es otro: Pasar de planificar a ejecutar.

Porque cada año que esos 4.500 millones siguen bloqueados, la isla no solo pierde obras. Pierde tiempo, oportunidades y capacidad de futuro. Y el tiempo, en economía, también es riqueza.

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