Cuando la ideología se impone a la razón
Archivo - Varias personas en el Museo Reina Sofía ante el Guernica / Ricardo Rubio - Europa Press - Archivo
Dice Alfonso J. Ussía que «un país no se mide por los escándalos que destapa, sino por los que tolera. Y en España lo escandaloso forma desde hace tiempo parte del paisaje». Por desgracia, un escándalo sucede a otro, y tanto el gobierno como los partidos que lo sustentan en el poder se están quedando sin margen para cambiar «el relato» por otro que difumine la desvergonzada realidad a la que nos enfrentamos cada día.
Esta vez, uno de los socios más leales del gobierno, el PNV y en plena celebración de su particular Aberri Eguna, y ante la falta de ideas nuevas, más allá de que «somos una patria» y «aspiramos a ser más nación», y viendo que EH Bildu les está comiendo la tostada, el lendakari vasco anunció dos propuestas revolucionarias: la primera, que sería conveniente cambiar el día de la celebración de dicha fiesta reivindicativa –que se inició el domingo de Resurrección de 1932– por otra que no coincidiera con la Semana Santa; ya que, por lo visto, cada vez acuden menos personas. Y la otra gran propuesta fue la de pedirle al Gobierno de Sánchez que les «presten» de forma temporal (?) el «Guernica» de Picasso para exhibirlo en el museo Guggenheim de Bilbao, indicando que «sería un gesto de memoria histórica y reparación simbólica hacia el pueblo vasco».
Es evidente que cuando la ideología se impone a la razón e incluso al sentido común, no queda otra que echarse a temblar. Para desgracia nuestra, el sanchismo ha impregnado todas las instituciones y la mayoría de sus iniciativas legislativas de un tufo ideológico que apesta. Esto ha sucedido con lo del manoseado cambio climático, con la enseñanza, con la justicia, con el deporte, la sanidad, la cultura… Es una forma de hacer política que hunde sus raíces en la falta absoluta de valores éticos y morales.
Y a ello se han apuntado los partidos de extrema izquierda y los nacionalistas que intentan sacar rédito de su deshonesto apoyo político a cualquier precio. Como lo del cuadro de Picasso, que no deja de ser un símbolo victimista para quienes lo utilizan en su propio beneficio.
No estaría de más traer a colación a Miguel de Unamuno y su concepto de intrahistoria para rastrear la trayectoria del Guernica, comenzando por respetar, en todo caso, el deseo del artista, que siempre quiso que su obra terminara colgada en el Museo del Prado. En estos momentos, no existen razones técnicas ni históricas para dicho traslado.
Los técnicos del museo Reina Sofía –donde se encuentra expuesto desde 1992, tras regresar a España en 1981 al Casón del Buen Retiro, procedente del exilio en el MoMA de Nueva York, ya que Picasso quiso que no regresara a España hasta que hubiera democracia–, exponen en un detallado informe las razones de su negativa a cualquier traslado, basándose en su fragilidad estructural y en el alto riesgo de que pudiera sufrir daños irreversibles.
Por otra parte, las razones históricas brillan por su ausencia. El Guernica es una obra de arte de la que el nacionalismo vasco quiere hacer una bandera política e ideológica que les ayude a seguir victimizándose sin que ofrezcan a cambio una sola razón de peso. El cuadro, su alegoría, trata en realidad de los horrores de la guerra en general –de hecho, Picasso hizo diferentes bosquejos de la obra antes de que se produjera el bombardeo de Guernica–; fue encargado al pintor malagueño por el gobierno de la II República por un dineral de la época (150.000 francos en concepto de gastos) para el pabellón español –que no el vasco– de la Exposición Internacional de París en 1937.
Y si no tuviéramos bastante con dicha polémica, y ante las declaraciones de Ayuso, a la que le parece la reclamación del PNV una «catetada», aparece el insigne Otegi y, en una reacción desproporcionada y fuera de lugar, tacha a la presidenta madrileña de «nazi». Él, que fue condenado a prisión por el Tribunal Supremo por integración en banda terrorista –ETA es responsable de más de 800 víctimas (mucho más de las que murieron en el bombardeo de Guernica) entre asesinatos, secuestros y extorsiones–, solo puede caber en un contexto como la España sanchista actual, donde la degeneración moral ha hecho enfermar a toda una sociedad que contempla displicente la trayectoria desquiciante de nuestra vida pública. n
