24 truchas de batata
Truchas navideñas. / E. D.
Lo que voy a contar es totalmente cierto. Para nada me ayudan recursos tan socorridos como la hipérbole o la metáfora, mucho menos relatos edulcorados. Así empieza esta historia rocambolesca digna de la película El sentido de la vida, de los eternos e inigualables Monty Python. Manolo el Guardia se mandó de una tacada 24 truchas de batata. Con sus cuarenta años bien llevados se jamó una detrás de otra, doraditas, con su azúcar generosa y toda la masita bien preparada. Casi sin pausa se lanzó tremenda bestialidad. 24 truchas de batata reposaban en una bandeja cerquita de la mesa de la cocina. Las primeras cuatro cayeron con elegancia. Me cuenta mi amigo que se las mandó un lunes por la tarde viendo una reposición del programa La guagua de la tele canaria. Parece ser que todo cambió en la octava trucha. Vaya salvaje. Y es que las truchas de batata no son cualquier cosa. Son herencia, son cocina de la abuela, son tardes de frío con olor a aceite y azúcar. Tal vez por eso, el animal de Manolo el Guardia sintió que estaba rindiendo un bonito homenaje. ¿Mientras se garrapiñaba la boca sin que hubiera un mañana, no vio que ya estaba bueno para parar? Es un cacho de carne que no razona cuando ve una bandeja de truchas. Es un personaje dantesco capaz de comerse tremenda burrada en menos de una hora. Dicen que se quedó con ganas de comerse un polvito canario, el sinvergüenza. Nadie se come de una tacada 24 truchas de batata, con su correspondiente baño de azúcar, y sale indemne. El animal acabó como mandan los cánones de la tragicomedia gastronómica: en urgencias. Insulina a mansalva y la necesidad de mandarle cuatro cogotazos bien dados. Y es que la realidad tiene su ironía, porque con las truchas ocurre lo mismo que con el móvil. Todos lo hacemos, en mayor o menor medida, como lo hace mi amigo Manolo con las truchas: un vídeo más; un reel más; un scroll más. Otro titular indignante. Otra polémica. Otra ración de azúcar digital. Como Manolo en la octava trucha, dejamos de disfrutar y empezamos a consumir por impulso. Las redes sociales están diseñadas como esa bandeja de 24 truchas: todo a la vista, todo brillante, todo listo para ser devorado sin pausa. Nadie se come 24 truchas de batata y sale de rositas. Manolo terminó en urgencias mareado como un piojo. Con la dopamina digital pasa lo mismo. No acabamos en camilla, pero concentrarnos más allá de treinta segundos es imposible. Empacho de estímulos. Sobredosis de azúcar mental. Hoy todos somos un poco Manolo el Guardia. Robots deslizando el dedo como si no hubiera mañana. Nos tragamos 24 indignaciones diarias, 24 vídeos absurdos, 24 opiniones que no pedimos. Y luego nos preguntamos por qué estamos cansados sin haber hecho nada. Nos preguntamos por qué estamos irascibles o no disfrutamos de un día en el monte o en la playa sin tener que mirar la pantallita. Las truchas, como las redes, pueden ser un placer. El problema es cuando dejamos de saborearlas y empezamos a devorarlas sin límite.
