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El problema no son los ‘therians’

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28.02.2026

Llegan los 'therians' a Canarias. / La Provincia

El fascismo está en auge; la crisis climática se desborda; los archivos de Epstein se revelan cada vez más turbios; la vivienda es cada vez más inaccessible; vivir, como vivimos, se hace insostenible, y estas últimas dos semanas solo hemos hablado de therians.

Es imposible entrar en redes sociales sin ver algo relacionado con esta tendencia. De hecho, el fin de semana pasado se promocionaron (con carteles espantosos hechos con IA) ‘quedadas’ de therians a nivel nacional. Quedadas que, en su mayoría, eran falsas. Eran una máscara, una oportunidad, para ver quiénes aparecían, para reírse.

Yo soy una persona que, en la medida de lo público, intenta regirse por «aquí cada cual con sus cosas», y honestamente, dejando de lado algunas de las partes del discurso therian que los comparan con las personas trans o como miembros de la comunidad LGTBIQ+, veo simplemente personas haciendo uso de su tiempo libre. Entiendo que pueda resultar ajeno para muchos y entiendo aún más que sea una tendencia que genere debate, conversación e incluso crítica. Lo que sí no entiendo es cómo, con la miríada de asuntos a los que prestarles atención en el marco actual de las cosas, encontramos la manera de centrarnos en lo más absurdo.

El boom de los vídeos de niños vestidos de animales comenzó, seguro que por coincidencia, en países como Argentina, semanas después de que el teleñeco de turno que gobierna ahora mismo impusiera una jornada laboral de doce horas. Pero nosotros hablamos de therians.

Y lo peor es que me hace gracia. Nos llenamos la boca de ser la generación que creció con Los Juegos del Hambre, de haber acompañado a Katniss Everdeen en su lucha contra el Capitolio… pero no aprendimos nada.

Nos quedamos con los trajes bonitos, el romance de los protas y la estética de ‘una chica y su arco’, pero no prestamos atención a la manipulación sistemática, al uso de la imagen y, sobre todo, a lo débil y maleable que es nuestra atención.

Vivimos en un momento donde la atención se ha vuelto una moneda de cambio. Aquello a lo que le damos importancia, y las estrategias para que así sea, es monetizable. Pero también es el momento en el que tenemos menos capacidad de mantener esa atención.

Nos distraemos fácilmente, nos aburrimos. Tanto es así, que un día estamos todos en shock por los nuevos documentos del caso Epstein, o le damos repost en redes a los vídeos de cómo desahucian a personas en nuestro país, nos engañamos con que somos conscientes de lo que pasa y de haber dado con el culpable y, de repente, aparece un vídeo de un therian, un titular amarillista, la promesa del fin del mundo por culpa de estos jóvenes, y nosotros nos lo creemos.

Nos lo creemos porque es más fácil, nos lo creemos porque ya no está de moda pensar. Ahora lo que se lleva es reaccionar y, en verdad, eso está chulo porque se monetiza fácil.

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