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Esta santa cruz

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Pregón de las Fiestas de Mayo a cargo de Marta González de Vega, en el reloj de Flores del García Sanabria / María Pisaca Gámez / ELD

La élite política –profesionalizada– y el ronroneo de los medios de comunicación insisten en articular la identidad local sobre las fiestas. Poniendo el ejemplo de la ciudad en la que puedo decir –con cierta exageración– que vivo, Santa Cruz de Tenerife, toda la comprensión de sí misma la practica a través de fiestas. No es que a los chicharreros les encanten las fiestas; más bien parece que las fiestas representan un clavo ardiente al que agarrarse para anestesiarse: una ciudad atlántica que no gusta del mar, que carece de casco histórico y que exige para pasearla un espíritu de sherpa. Santa Cruz siempre ha sido –con brevísimas interrupciones– un muermo y buena parte de su mundo civil –comerciantes que quieren todo cerrado los domingos, funcionarios celosos de su grandeza de trienios, jubilados que no toleran oír otro ruido que sus estertores finales– anhelan que siga siendo un muermo en los siglos venideros. Se toleran las fiestas porque las nuestras son pacíficas y sin riesgos y una ocasión para repetir lo excepcionales que somos. En realidad lo más excepcional de Santa Cruz reside en que se trata de una ciudad que ignora tranquilamente su historia. Allá lejos están los guanches, más cerca, unos vagos tipos con casaca que le volaron un brazo al almirante Nelson y enseguida enamoradito estoy de ti, de ti, de ti. Nada de hambre y sed. Nada de miserias. Nada de repúblicas. Nada de luchas sindicales. Nada de franquismo, dictaduras, fusilamientos y torturas. Nada de la pintura, del cine, de la música o de la literatura que intentó interpretarnos ayer y anteayer. Ni en el callejero, ni en las efemérides oficiales, ni en los medios de comunicación ni en la retórica municipal. Santa Cruz de Tenerife es intemporal y siempre idéntica a sí misma o todo el mundo actúa como si fuera así.

Después de Reyes y de Carnavales ahora tocan, por supuesto, las Fiestas de Mayo. El otro día una joven ya leyó el pregón para asegurar –nadie lo esperaba– que Santa Cruz de Tenerife es la ciudad más hermosa del mundo. Más aún; su calle, la calle del Pilar, reclama una admiración extática, una idolatría justificada por la belleza inmarcesible de la calzada, con sus bordillos, sus farolas, su oscuro pero sensual asfalto. La gente aplaude estas cosas sin ningún sentido del ridículo. Porque precisamente como a la ciudad se la ha despojado de la historia su belleza deriva en mera cháchara. Una ciudad, pequeña o grande, no puede ser bella sin conocer y sentir su pasado, sin reconocerse en sus grandezas y pequeñeces, sin reírse de sí misma, sin el contacto de la memoria del individuo con la memoria colectiva. Una ciudad no crece y madura encontrándose incesantemente encantadora. En Santa Cruz no existen otros debates urbanísticos que los que promueven –con resultados generalmente nulos– las autoridades locales. Tiene usted buenas razones para preocuparse por cómo acabará el «pulmón verde» de Cabo Llanos comprobando la arquitectura y el urbanismo de la zona de la avenida Tres de Mayo hasta el mar. Lo único que existe al respecto son titulares e infografías distribuidas por el ayuntamiento chicharrero. En fin, no hay que preocuparse. Después de las Fiestas de Mayo verá otra cosa inventada por los concejales, la fiesta de la llegada del verano o algo así, y en medio este año tendremos incluso un papa perseguido por una turbamulta de devotos y noveleros, lo que aconseja pasar en un búnker teletrabajando hasta que se inaugure el siguiente fiestón bermudista, Plenilunio, otro acabose.

Ignoro si en esta ocasión, como en años pasados, pretenden incrustar torpemente –y con retraso– la Feria del Libro en la escenografía de las Fiestas de Mayo. Para disfrutar de una verdadera feria del libro uno debe subir a La Laguna. La capital tinerfeña ha renunciado a tomarse en serio la difusión del libro y el apoyo a editores y libreros. Ayer precisamente salieron en tropel alcalde y ediles para recomendarnos lecturas, a medio camino entre Menéndez Pelayo en Santander y Pedro Sánchez en Tik Tok. Yo, definitivamente, no sé qué podríamos hacer sin esta gente maravillosa.

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