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Que aproveche

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Alimentos típicos de la dieta mediterránea / Ron Lach

La teoría es una partitura impecable. Nos cuentan la milonga de la dieta atlántica y la imbatible salud mediterránea como si el mercado fuera un jardín público y no un campo de minas. Es una música celestial que se apaga de golpe en cuanto entras al súper y te das de bruces con la estantería. Hoy, en este país de gastronomía de bandera, cuidarse se ha vuelto un deporte de élite. Una utopía que se desmorona cuando abres la cartera y comprendes que la salud tiene un precio al que tu nómina no llega. Comer sano se ha convertido en una actividad de riesgo para la cuenta corriente.

Abrir la nevera es un ejercicio de melancolía. Un bodegón de la lástima que antes rebosaba de productos frescos. Nuestra seña de identidad –nuestra tortilla española– es casi un artículo de lujo, una joya de escaparate. Ya hasta damos por buena la de Mercadona. Por barata, claro. Triste consuelo. Es deprimente ver a padres que tienen que pedir ayuda a los abuelos para que les rescaten con unos euros que permitan freír unos filetes con un mínimo de decencia.

El mundo al revés: los que ya dieron todo sosteniendo los platos de los que no tienen nada. Pero cuidado, que aquí el análisis se complica. Porque mientras el abuelo tiene que dar unos euros para la carne de los nietos, vemos los restaurantes de moda y los conciertos de grandes estadios llenos hasta la bandera. Y no son precisamente los jubilados los que hacen cola para ver a Bad Bunny o se escapan a Puerto Rico cobrando el salario mínimo. Existe una juventud que, ante la imposibilidad de comprarse un piso o proyectar un futuro, ha decidido echarse al monte. Escuchas el lamento de quien no puede comprar una lubina salvaje, pero lo dice mientras sujeta un móvil de más de mil euros con el que busca entradas para un festival o el próximo vuelo a Japón. Es la paradoja de nuestro tiempo.

Dos países paralelos que nunca se tocan, como si existiera un muro de cristal entre el solomillo y la fritanga. Por un lado, la España de las estrellas Michelin, de los restaurantes donde hay que reservar con meses de antelación. Por otro, la España de las neveras que parecen un canto a la desolación, un solar vacío donde apenas sobrevive algún producto barato, de esos que sacian el hambre pero castigan el cuerpo. Unos se dan el gustazo de pagar una fortuna por un bocado de diseño, mientras otros hacen milagros de panes y peces para que los doscientos euros del bolsillo se estiren hasta el día treinta. Es la brecha del hambre y del ego. Los hay que se llenan la boca con el oro líquido del aceite de oliva… mientras otros sobreviven a base de una fritanga de supervivencia, con un aceite tan reutilizado que ya tiene color y alma de motor.

En fin, tenemos la generación más preparada de la historia, con los títulos universitarios cogiendo polvo en el mismo estante donde debería haber comida fresca. Jóvenes que comparten habitación o sofácama como si fueran adolescentes eternos, atrapados en una precariedad que les ha robado hasta el derecho a la despensa. Al final, lo que nos queda es una gastronomía de dos pisos: el ático para los que brindan y el sótano para los que solo pueden masticar la rabia de un futuro que no llega ni a la hora de la cena. En fin, intentemos llegar vivos al postre.


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