Eucaliptos
14 de abril 2026 - 03:08
La reedición de la novela con la que Juan Villa inauguró su ciclo narrativo sobre Doñana, Crónica de las arenas, como parte del proyecto de recopilación de los relatos que conforman su valiosa recreación del espacio bajoandaluz, vuelve a poner de actualidad la memoria semiolvidada de la repoblación de la zona en la durísima época de la autarquía, cuando las autoridades de la dictadura decidieron introducir plantaciones de eucaliptos. Aunque por fortuna no prosperó la idea de convertir vastas extensiones de marisma en una explotación de dimensiones colosales, quedan restos dispersos de aquel plan que su impulsor, un ingeniero dominado por la megalomanía, asumió como la misión de su vida. Descrita por el novelista en páginas muy vívidas, fruto no sólo de la investigación en los archivos sino del rastreo en la memoria oral de las personas que participaron en aquella desdichada aventura, la historia merece ser conocida y pocos habrán contribuido a difundirla más que Villa, un escritor de Almonte que ha dedicado la mayor parte de su obra, también ensayística, a los paisajes y las gentes de su tierra. La presencia de los eucaliptos en el suroeste, no sólo en Huelva sino también en otros lugares de Andalucía y Extremadura, no debe hacernos olvidar su fortísima implantación en Galicia y las regiones de la cornisa cantábrica, donde el debate sobre las consecuencias de su imparable proliferación –allí llamada eucaliptosis: no se trata de bosques naturales, sino de plantaciones o cultivos intensivos, en parte descontrolados– se mantiene activo desde hace décadas. Procedente de Australia, Nueva Guinea e Indonesia, el eucalipto llegó a Europa en la segunda mitad del siglo XIX, como especie exótica y altamente invasora –la ley vigente, sin embargo, no lo califica como tal– por su facilidad para colonizar el territorio. Al denunciar que seca los suelos por su ingente consumo de agua, afectando tanto a los acuíferos como a las especies con las que convive, muchos biólogos ponen de relieve el papel del árbol en la erosión del terreno, la desaparición de la flora autóctona y la propagación de los incendios forestales. Otros, en cambio, y desde luego los portavoces de la industria maderera, hablan de una leyenda negra que ha extendido la mala fama de “árbol maldito”. A la vista de los majestuosos ejemplares que en algunas zonas hacen de linderos, actuando como cortavientos y barreras forestales, puede pensarse que el problema no está en los árboles, como suele decirse, sino en la explotación desmesurada.
También te puede interesar
Soltando lastre: de Bach a Boney M.
Enrique García-Máiquez
Objetivo: ganar la guerra informativa
Una novela inspirada en la Luna
Vuelco electoral en Hungría
