Cómo acabar con la calidad docente universitaria de una vez por todas
Además de mi padre, cuatro de mis tíos son profesores –en diferentes ámbitos y universidades–, así que no fueron pocas las reuniones familiares en las que tuve que aguantar sus lamentos sobre la degradación del nivel de los estudiantes: que si no tienen la formación filosófica mínima, que si no conocen a tal autor, que si no saben dónde ni cuándo pasó tal suceso histórico, que si ya no pueden ni hacer una raíz cuadrada, que si no se saben expresar, que si no atienden; que si esto ya no hay quien lo arregle.
Por eso, cuando empecé a dar mis primeras clases como becaria FPU –un programa de formación docente del Ministerio–, me propuse alejarme de aquellos boomers agoreros de la vieja escuela y encarnar el ideal de la profesora comprometida, competente y cercana. Justo ese mismo 2009, año en el que, poseída por el furor docente, yo postergaba mi tesis doctoral para esforzarme en preparar mis clases magistrales, Joaquín Abellán (mi tío) –fuck APA– publicó un texto premonitorio, La universidad, ¿para qué? Una reflexión en tiempos de mudanza. En él advertía de que la universidad arrastraba problemas estructurales que Bolonia, lejos de corregir, podría incluso agravar, especialmente en lo que respecta a la frágil relación entre investigación y docencia.
Su diagnóstico no proponía tanto una ruptura como más bien un regreso crítico: recuperar el horizonte humboldtiano de una universidad donde el conocimiento no esté subordinado a fines utilitarios, donde la libertad intelectual sea condición de posibilidad del pensamiento y donde investigación y enseñanza formen una unidad viva, señalando un obstáculo persistente en el caso español: el predominio de la "asignatura" como estructura cerrada, que fragmenta el saber y dificulta precisamente esa integración, es decir, el pensar. Quizás mi tío tenía razón y Bolonia se pensó contra Humboldt.
Como digo, imbuida por el espíritu del Gaudeamus igitur, por aquel entonces yo andaba performando a tope mi papel de custodia y transmisora del saber, por lo que sus quejas desde el privilegio me quedaban muy lejos.
La cosa hoy es bien distinta. Tras haber sido diez años profesora asociada –como puta por rastrojo– mi visión y mi misión han virado. En este tiempo he impartido docencia en veinte asignaturas de seis titulaciones de grado o licenciatura y tres de máster. He asumido la coordinación de gran parte de ellas, además de la del Grado en Bellas Artes y el cargo de vicedecana de Estudios e Internacional. He dirigido TFG y TFM por encima de mis obligaciones y me he implicado con los estudiantes como........
