Nos sobran jefes. Nos faltan líderes
Son diez. Martes, siete de la tarde, planta de Psiquiatría Infanto-Juvenil del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). Pero no es solo una cifra. Son diez adolescentes al límite —y detrás de cada uno, una familia que lleva días conteniendo la respiración mientras espera una salida al miedo que lo ha invadido todo.
En ese pasillo, el sistema vive sometido a una presión asfixiante. Pero hay una psiquiatra, Elisa Seijo, que ejerce un liderazgo que no aparece en ninguna descripción de su contrato laboral. No busquen el secreto en la placa de su despacho, ni en sus artículos académicos, ni siquiera en las charlas que imparte. La respuesta no está ahí.
El motor que sostiene a esos chavales nace de otra cosa: de su capacidad para liderar sin cargo, como le gusta decir a Robin Sharma.
Ese "plus" de humanidad y cuidado es lo que le permite convertir cada jornada en una oportunidad para dar lo mejor de sí. Al final, demuestra algo muy sencillo y poderoso: para ser un líder de verdad no hace falta un cargo; basta con tener la voluntad de servir.
Un día dejó de quejarse de las carencias del sistema y decidió asumir la responsabilidad de lo que ocurría en su entorno. Con los recursos que tenía a mano empezó a construir una red de seguridad para los adolescentes con problemas de salud mental que llegaban a su planta.
Renovó protocolos, no para cumplir con la administración, sino para que las familias entendieran —de verdad y con trasparencia— qué estaba ocurriendo en la mente de sus hijos. Su prioridad es clara: mejorar emocionalmente a los pacientes y dejar cada espacio, cada proceso y cada persona un poco mejor de como lo encontró.
Conoce cada historia, cada gesto, cada silencio. Sabe cómo duerme cada adolescente, cómo come, qué le hace reír, cuándo cambia su estado de ánimo. Todo se observa con respeto, con rigor, con una atención silenciosa que exige cuidado y responsabilidad.
En su equipo el ego se queda fuera de la puerta. Todos aprenden. Y, lo que es más difícil, todos se atreven a desaprender viejos hábitos para adaptarse a lo que cada chaval necesita de verdad.
Ella no dirige desde la autoridad de una "jefa". Lidera desde la humildad de quien sabe que la clave siempre está en las personas. Ese liderazgo se construye con empatía, pero también con algo más profundo: la convicción de que cada uno puede aportar su contribución extraordinaria en lo que hace cada día. Eso es, sencillamente, liderazgo cotidiano.
El «plus» que transforma lo invisible
El caso de esta Elisa Seijo no es una anomalía heroica. Es, más bien, la expresión de un tipo de liderazgo profundamente humano que trasciende cualquier contrato laboral. Un liderazgo que no necesita títulos ni cargos para existir, porque nace de algo más sencillo y poderoso: la voluntad de cuidar lo que tenemos delante.
Ese liderazgo silencioso sostiene gran parte del tejido social y aparece, casi siempre, en lugares donde rara vez miramos.
Está en el camarero que te mira a los ojos y te dice "buenos días" con una sonrisa sincera, cambiando el tono de tu jornada sin que apenas lo notes. Está en el personal de limpieza que, en un centro de mayores, se detiene a conversar con ellos porque sabe........
