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Lo que mi hija me enseñó de Bad Gyal… y del liderazgo femenino

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02.01.2026

La primera vez que entendí quién era realmente Bad Gyal no fue en un estadio ni leyendo una crítica cultural. Fue en la carretera. De viaje, cuando mi hija puso una canción: Orilla. La voz de ella, inconfundible, entró cortando el aire. Y entonces apareció él: una voz masculina, grave, menos pulida.

—¿Quién es? —pregunté.

—Se llama 8belial —respondió mi hija—. No es muy conocido. O no lo era.

Mi hija se llama Alba. La artista también. Y en ese tramo del viaje, Alba me explicó que Bad Gyal —la reina del género, la que llena el WiZink Center— no necesitaba grabar esa canción. No necesitaba los números ni el empujón de un chico que empezaba en la escena underground de Madrid. Podría haber llamado a cualquier superestrella mundial, pero eligió a 8belial. Eligió bajar al barro para subirlo a él.

—Lo hizo porque le molaba el tema, mamá. Porque es auténtica.

Ahí dejé de escuchar un simple reguetón y empecé a escuchar lo que mi hija realmente estaba oyendo: generosidad. Porque hay referentes que se cuelan en la vida de nuestros hijos mucho antes de que los adultos sepamos descifrarlos. Y cuando eso ocurre, conviene callar y observar: algo importante está pasando ahí dentro.

Bad Gyal no es un producto de laboratorio. Alba Farelo no llegó en limusina ni venía avalada por ninguna dinastía de la industria. Llegó desde Vilassar de Mar, amasando pan en una panadería de barrio, sirviendo copas y contestando teléfonos en un call center. Se pagó sus primeros vídeos con propinas y con una convicción que asusta. Lo dice en Sin Carné con una claridad brutal: "Los que no me quisieron, a toditos los callé. Porque yo solo sé hacerlo, yo no sé intentarlo". Yo no sé intentarlo. No hay duda: hay ejecución.

Entró en el dancehall y en lo urbano —territorios históricamente dominados por hombres— sin pedir permiso. No quiso sentarse a la mesa: se construyó su propia silla. Y el precio fue alto. Soportó el juicio de la industria y un escrutinio feroz. La juzgaron por el cuerpo, por la ropa, por las uñas, por la voz. Cualquiera se habría encogido. Ella subió el volumen.

Desde el principio, sus canciones no suenan a súplica. Suenan a decisión. "No me digas lo que tengo que hacer". La frase dura un segundo, pero explica una vida entera. Sirve para un jefe abusivo, para una relación tóxica o para una sociedad que exige perfección constante. En otra letra lo deja aún más claro: "Si yo quiero, me voy". Sin drama. Sin culpa. Me voy. Punto. Eso —dicho así, seco— es dinamita cultural.

Cuando le dijeron que solo servía para ser mirada, lanzó Pussy y soltó una de las frases más claras de economía feminista en formato pop: "Tú me querías pa' ti solo y yo tengo un negocio". En un segundo desmontó el romanticismo tóxico y puso el dinero y la independencia sobre la mesa.

Bad Gyal ha reescrito el deseo desde la primera persona. No canta desde la herida de la víctima, sino desde el control de quien manda. Convirtió insultos como "zorra" en himnos de batalla, desactivando la ofensa al apropiarse de ella. El efecto es inmediato: millones de adolescentes no ven en ella a una ídolo inalcanzable. Se ven a sí mismas.

Su magnetismo reside en una autenticidad radical. En no suavizar el discurso para resultar cómoda. En no rebajar la ambición para caer simpática. "Yo no cambio por nadie", repite. Parece simple, pero no lo es: la coherencia es una forma suprema de valentía. Ha construido un estilo que no pide perdón, que reivindica que te puedes comprar tus propias joyas —"Los diamantes no le fían, sé........

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