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Por qué María Jesús Montero es la peor candidata posible

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26.03.2026

La liturgia de Ferraz domina la pericia de convertir la derrota en una forma de vanguardia, así es que la protagonista del próximo auto de fe se llama María Jesús Montero, vicepresidenta y guardiana de las llaves del Tesoro. Se encamina al patíbulo andaluz con la sonrisa de quien confunde la lealtad con el suicidio. Y se va a inmolar Montero en el altar de Pedro Sánchez, no por convicción estratégica, sino porque la devoción al sanchismo se mide por la capacidad de arder en público para que el César de Moncloa no pase demasiado frío.

De hecho, María Jesús Montero acude a las elecciones andaluzas con el peor itinerario político imaginable: ministra de Hacienda, negociadora de la financiación catalana, responsable de tres años sin Presupuestos y representante más ortodoxa del sanchismo en España. Resulta difícil diseñar un candidato con tales contraindicaciones. Y se antoja aún más patético el ejercicio de condescendencia con que la vicepresidenta se dirigió a los lugareños en la apertura de la campaña: "Que una persona que tiene responsabilidades, probablemente la mujer con más poder de la democracia, decida venir a Andalucía a disputar unas elecciones dejando sus cargos es para poner en valor".

Montero renuncia a los galones de mariscala para rebajarse a la trinchera andaluza, aunque el aspecto más inquietante de esta filantropía impostada acaso radica en que la costalera de Sánchez no parece consciente de su martirio. Solo le falta traerse a Puigdemont para el cierre de la campaña. Y pavonearse de las relaciones privilegiadas con los conspiradores de Bildu.

Tan lejos está Montero de la realidad que ha decidido convertir las elecciones en un plebiscito delegado de Sánchez, empezando por la idea de involucrar al presidente en todos los mítines posibles. La burbuja identifica un error de diagnóstico y predispone un calvario que Montero pretende disimular en la hiperglucemia de la propaganda.

El primer pecado de la candidata in pectore es su propio cargo. Montero representa a la recaudadora del frac, la cara de un Ministerio de Hacienda que ha convertido la presión fiscal en una religión asfixiante. Pretender que el electorado andaluz reciba con vítores a quien ha vaciado sus bolsillos con el entusiasmo de una mística del déficit es una fantasía que solo cabe en los despachos de la calle Ferraz. Porque el agravio no es solo monetario, es identitario. María Jesús aspira a la adhesión a sus paisanos tras haber bendecido la financiación singular para Cataluña.

El equilibrismo imposible consiste en explicar en los barrios de Sevilla o en los campos de Jaén que el privilegio ajeno es, en realidad, una forma de solidaridad propia. Montero intenta vender el "cupo" catalán como un triunfo del federalismo, cuando en Andalucía se percibe como la claudicación definitiva de la igualdad ante el chantaje soberanista y como la abdicación misma del socialismo.

Deslumbra a la vicepresidenta su hipertrofia de lealtad. Es más sanchista que Sánchez, la exégeta más aguerrida del régimen monclovense. Su incapacidad para sacar adelante una Ley de Presupuestos en tres años no se lee como un fracaso de gestión, sino como la prueba de que el Gobierno ha renunciado a la gobernanza para centrarse exclusivamente en la resistencia. Montero es la ministra de unas cuentas que no existen, la gestora de una prórroga infinita que ha convertido al Estado en un organismo inerte, movido solo por la inercia del decreto-ley.

Frente a ella no se desempeña un rival, sino un fenómeno sociológico. Juanma Moreno se ha convertido en el candidato con mejor reputación entre el propio electorado socialista. Es el "barón" tranquilo que ha sabido heredar la transversalidad que un día tuvo el PSOE de los años ochenta, despojando a los socialistas de su hegemonía sentimental. Mientras Montero representa el conflicto y la verborrea defensiva, Moreno habita una centralidad que parece blindada ante los ataques de la capital.

La fantasía electoral de Ferraz se desmorona ante los datos fríos. Se nos quiere vender un ciclo progresivo, un renacimiento de las cenizas. El PSOE ha resistido mejor en Aragón que en Extremadura, y mejor en Castilla y León que en Aragón, pero este presunto ascenso anticipa una línea que se quiebra con estrépito el próximo 17 de mayo. No hay virtuosismo, sino una inercia de desgaste que la candidatura de Montero solo viene a acelerar.

Montero se arrepentirá de haber cebado a la formación de Abascal con la esperanza de que el miedo movilizara a los suyos

Y en este escenario de escombros, emerge el espectro de Vox. Montero se arrepentirá de haber cebado a la formación de Abascal con la esperanza de que el miedo movilizara a los suyos. El tiro por la culata es ya una herida abierta. Vox amenaza con convertirse en la segunda fuerza política en hasta cuatro provincias, desplazando al PSOE a una irrelevancia histórica en sus antiguos feudos.

O sea, que María Jesús Montero no es la candidata del PSOE para ganar Andalucía. Es la candidata del PSOE para no perder el control del PSOE andaluz. La diferencia parece semántica, pero explica toda la operación política. Pedro Sánchez prefiere una derrota obediente. Y por esas razones envía a Andalucía a su ministra de Hacienda, a su dirigente más fiel, a la política que mejor representa el sanchismo puro y, al mismo tiempo, a la candidata con peor perfil imaginable para intentar ganar unas elecciones autonómicas.


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