Pedro Sánchez es el caimán de las cloacas
La leyenda urbana del caimán de Nueva York parecía una fantasía higiénica de posguerra. Alguien compraba una cría de reptil en Florida, se cansaba del animal, lo arrojaba al inodoro y años después la ciudad descubría que bajo sus avenidas prosperaba una fauna clandestina, ciega de neón, fortalecida por el detrito, instalada en el reverso húmedo de la civilización. La historia no importaba por su veracidad, sino por su poder explicativo. Toda ciudad necesita una alcantarilla física y conceptual donde depositar la miseria que resultaría nauseabunda en la superficie.
El sanchismo ha terminado pareciéndose menos al caimán que a su hábitat. El animal asusta, pero la cloaca permanece. No designa un accidente, una anomalía, una tubería rota del Estado. Designa un modo de respirar. Un ecosistema donde las instituciones pierden contorno y los fontaneros adquieren una importancia mayor que los ministros. La tentación zoológica de imaginar a Sánchez con escamas empobrece la metáfora. Conviene mirar mejor el plano subterráneo. No es tan inquietante el reptil como la naturalidad con que el poder ha aprendido a prosperar ahí abajo.
La política española ha convivido siempre con sótanos. Los tuvo la derecha, los tuvo el felipismo, los tuvo la nación cuando confundió la razón de Estado con la exención de responsabilidad. La novedad consiste en que Sánchez ha convertido la denuncia de la cloaca en salvoconducto personal. Una investigación contra su entorno queda degradada a la categoría de conjura antes de examinarse. Una........
