El sanchismo se fanatiza en nombre de su dios
Hubo un momento en que el sanchismo se presentó como un método. Después se convirtió en un poder. Ahora sobrevive como una creencia. Las ideologías admiten matices. Las religiones exigen devoción. Y el Comité Federal convocado este sábado no surgió para discutir una estrategia, ni para corregir un rumbo, ni siquiera para evaluar la gravedad de una crisis. Comparecía como una congregación llamada a renovar un voto de obediencia. El partido no se preguntaba si Pedro Sánchez puede seguir gobernando. Se preguntaba si todavía merece ser creído. Y ha salido a hombros.
Las sectas nunca se derrumban el día en que desaparecen las evidencias que las sostenían. Sucede exactamente al revés. Cuanto más incontestable resulta la realidad, más intensa se vuelve la necesidad de negarla. Los discípulos reinterpretan las derrotas como pruebas de la fe. Las contradicciones se metabolizan como fuente de energía. El líder ya no necesita tener razón. Le basta con conservar la condición de elegido y de levitar entre sus costaleros.
La historia de la secta davidiana de David Koresh ofrece una de las versiones más extremas de ese fenómeno. El cerco de Waco fue estrechando el perímetro físico de la comunidad al mismo ritmo que reforzaba la dependencia psicológica de sus miembros. El enemigo exterior justificaba cualquier renuncia interior. La amenaza fortalecía el vínculo. La realidad perdía autoridad frente a la palabra del profeta. La catástrofe terminaba interpretándose como una confirmación del destino.
Toda analogía........
