Hace mucho que EEUU no gana una guerra. Tampoco ganará en Irán
"Tenemos que empezar a ganar guerras otra vez", dijo en febrero de 2017 Donald Trump. "Ahora nunca ganamos las guerras. Nunca ganamos. No luchamos para ganar. Y, si no vas a ganar, es mejor que no empieces a luchar".
Trump tenía razón. Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial y fundó sobre esa victoria su conversión en la primera potencia militar y política del mundo. Eso le permitió intervenir en casi cualquier parte del planeta para amoldarla a sus intereses y su ideología. Estados Unidos podía alentar la creación de las Comunidades Europeas, decidir cómo se gestionaba el canal de Suez, contribuir a la transición española, apoyar un golpe en Chile o garantizar de manera tácita la independencia de Taiwán. Su capacidad para satisfacer sus objetivos políticos sin implicar directamente al ejército era impresionante.
Sin embargo, cuando su ejército ha entrado en acción no ha logrado éxitos semejantes. Estados Unidos se sumó a la guerra de Corea, pero acabó conformándose con un empate. Se pasó dos décadas en Vietnam y acabó huyendo de manera deshonrosa tras perder a casi 60.000 soldados. Intentó invadir Cuba por bahía de Cochinos con un resultado desastroso. La operación militar para rescatar a los rehenes de su embajada en Teherán, en 1980, fue un espectacular fracaso. Es cierto que logró invadir Panamá y Granada, y que ganó la primera guerra del Golfo sin ningún problema. Pero ya en el siglo XXI vivió las dos experiencias que suscitaron el comentario de Trump. Obtuvo sendas victorias militares en Afganistán e Irak. Pero no "ganó" esas guerras porque luego no fue capaz de imponer sus objetivos políticos. Lo peor para el prestigio de Estados Unidos fue la constatación de que es una potencia muy poderosa cuando juega a la influencia y la disuasión, pero mete la pata casi siempre que utiliza su ejército o declara una guerra. Matar al contrario pero no lograr tu objetivo político quizá no sea una derrota, pero tampoco es una victoria.
El inexplicable error de Trump
Trump tuvo la valentía de reconocer en público esa debilidad de Estados Unidos. En parte gracias a ello, ganó las elecciones dos veces. Pero, de manera increíble, parece estar repitiendo el error. La guerra de Irán va camino de convertirse en el mayor fiasco de la política exterior estadounidense en veinte años. El Gobierno de Trump pensó que esta terminaría en cuanto el régimen fuera descabezado, cosa que sucedió el 28 de febrero, pero ahí sigue, más desafiante que nunca. Parece que nunca contempló la posibilidad de que el país implementara dos tácticas que llevaba décadas anunciando: el ataque a los países árabes del Golfo y el bloqueo del estrecho de Ormuz. Pero no solo las ha implementado, sino que han resultado ser grandes aciertos estratégicos. Trump creyó, en contra de las indicaciones de los mayores expertos militares, que se puede ganar una guerra solamente desde el aire. Hoy Estados Unidos tiene al alcance de la mano obtener sus objetivos militares: acabar con el programa de misiles de Irán, destruir su armada y acabar de eliminar sus bases nucleares. Pero no los políticos. Como reconoció ayer Benjamin Netanyahu, los iraníes no van a rebelarse en masa contra el régimen y este no va a caer. Es probable que siga bombardeando los aliados de Estados Unidos en el Golfo y bloqueando, al menos en parte, Ormuz. Hoy parece que Estados Unidos está mandando más soldados a la región, pero en algún momento Trump se cansará de la volatilidad de los mercados y el aumento del precio de la gasolina en su país, declarará la victoria y se marchará. Pero será otra guerra perdida. Y otro golpe a su credibilidad.
¿Y si la guerra ya no sirve?
Como ha señalado el periodista británico Janan Ganesh, en las últimas décadas todas las guerras han fracasado. No solo las de Estados Unidos. Francia libró una brutal en Argelia, la perdió y tuvo que renunciar a la tutela del país africano. La Unión Soviética invadió Afganistán para frenar el islamismo, y luego este experimentó el mayor auge de la era moderna. Nadie recuerda cuántas guerras ha habido en el Líbano, pero en todas el resultado ha sido el mismo: la prolongación de todos los conflictos étnicos, religiosos y económicos del pequeño país. Hoy gobierna Siria un islamista, aunque el mundo cruza los dedos para que, realmente, se haya reconvertido en un moderado. Rusia invadió Ucrania porque Vladímir Putin pensaba que así pondría fin a un problema que, según él mismo decía, se remonta a la Edad Media. Hoy todo es peor.
El siglo XXI presenta una gran paradoja. En él, solo dos grandes potencias globales han entendido que la guerra no solo es cruel y dolorosa, sino también inútil. La primera, la Unión Europea, es hoy vista como una gran perdedora. La segunda, China, es la potencia emergente.
