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Europa ya ha dicho "no" a Trump. ¿Y ahora, qué?

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23.03.2026

Ayer, Donald Trump exigió a Irán que abriera el estrecho de Ormuz en menos 48 horas o, de lo contrario, Estados Unidos bombardeará sus centrales eléctricas. El Gobierno de Irán respondió que mantendrá el bloqueo y que, si atacan su infraestructura civil, hundirá aún más la economía mundial destruyendo instalaciones energéticas y petrolíferas en la región. Ninguna de las partes parece dispuesta a dar un paso atrás. De modo que, seguramente, sucederán las dos cosas. La crisis se agravará. ¿Quién, en este contexto, defenderá los intereses de los europeos?

Hasta enero de este año, los líderes europeos habían tratado de complacer a Donald Trump porque creían que era la mejor forma de contener sus castigos e influir en sus decisiones. Emmanuel Macron le organizaba desfiles militares. Giorgia Meloni se ofrecía como la mediadora ideal entre los conservadores Estados Unidos y la Europa woke. Ursula von der Leyen aceptaba unos aranceles del 15 por ciento por miedo a provocar un mal mayor.

Pero esa estrategia fracasó. Con frecuencia, a Trump le apetecía volver a extorsionarnos porque su movimiento ideológico nos considera un lugar débil, decadente y afeminado. Entonces, se limitaba a plantear amenazas aún más grandes y las acompañaba de insultos aún más ofensivos.

Sin embargo, en enero, cuando Trump reiteró su intención de anexionarse Groenlandia, los países europeos y la UE se dieron cuenta de que había llegado el momento de plantarse. Hicieron declaraciones rotundas. Alemania y Francia mandaron expediciones militares simbólicas a la isla. Dinamarca incluso preparó planes de contingencia ante una invasión, que incluían hacer volar por los aires los aeródromos locales. Funcionó. Trump aseguró que no utilizaría la fuerza para quedarse con Groenlandia. Retiró la amenaza de imponer nuevos aranceles a los países que se opusieran a sus intenciones. Y, luego, pareció olvidarse del tema. Desde entonces, los líderes europeos creen que un "no" franco puede ser la mejor respuesta a las actitudes colonialistas de Trump.

Y eso es lo que hemos visto ante la guerra en Irán, que Estados Unidos inició sin ni siquiera avisarnos por teléfono. Obviamente, no todos los "no" han sido iguales. Pedro Sánchez ha utilizado el suyo para postularse como líder progresista global y distraernos de sus reiterados fracasos internos. Giorgia Meloni se ha mostrado firme, en parte, porque ayer y hoy se celebra en Italia un referéndum sobre la reforma de la justicia que podría perder. Friedrich Merz es un poco más suave porque los alemanes aún se muestran incapaces de asumir que Estados Unidos les detesta. Y la respuesta oficial de la UE de la semana pasada fue tan tenue que sugería que el conflicto en el Golfo se había iniciado a causa de un imprevisible fenómeno natural.

Pero, sea como sea, Europa tiene ahora una posición común. España y Reino Unido se han negado a que el gobierno estadounidense utilice sus instalaciones militares para lanzar los ataques (Reino Unido ha modificado un tanto su posición después de que Irán haya bombardeado dos de sus bases en el extranjero). Alemania y Francia dijeron que no van a participar en ninguna operación para reabrir el estrecho de Ormuz. El Gobierno italiano ha dicho que no quiere saber nada de esta guerra. Trump reaccionó prometiendo que nos haría pagar esa deslealtad. Luego, como un Narciso herido, ha dicho que, de todos modos, no nos necesita.

Pero, ¿y ahora? Fuera de Oriente Medio, Europa es quien sufrirá las peores consecuencias de la guerra. El precio del gas que consumimos ha aumentado ya alrededor de un 70 por ciento. Está creciendo el riesgo de que cientos de miles de iraníes y libaneses huyan de los bombardeos y soliciten asilo en Europa. No parece estar en la estrategia de Irán, pero en caso de que este decidiera activar el recurso del terrorismo, es probable que lo hiciera primero en Europa. Las consecuencias, en un contexto marcado por el lento crecimiento económico y un rechazo cada vez mayor a la inmigración musulmana, son impredecibles. Pero, a pesar de ello, los europeos no podemos hacer mucho. Como tantas veces en la historia, hemos adoptado la posición moral correcta. Pero como es cada vez más frecuente, no tenemos herramientas para traducir ese gesto en un impacto en la conformación de la realidad.

Hoy Europa, y con ella España, es un espectadora, y no una protagonista, de este enorme drama. Y no hay solución a la vista. Los europeos hemos decidido tener el modelo social más exitoso de la historia, ser todo lo justos que nos permite la realpolitik y creer que los grandes problemas del mundo se encauzan con una mejor regulación. Es lo correcto y nos honra, pero ha sido una terrible ingenuidad. Hoy estamos a expensas de lo que se decida fuera de nuestras instituciones y nuestro territorio. Es como si los mayores defensores de un mundo interconectado se hubieran quedado sin conexión.


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