Donald Trump es candidato en todas las elecciones europeas
El martes, la primera ministra socialdemócrata Mette Frederiksen ganó las elecciones en Dinamarca. Su resultado fue mediocre, pero se salvó por los pelos gracias a Donald Trump. En noviembre pasado su partido sufrió una derrota calamitosa en los comicios municipales. Pero entonces el presidente estadounidense reiteró sus amenazas de adueñarse de Groenlandia. La primera ministra respondió pidiendo al ejército que preparara medidas para repeler una invasión, que incluían volar por los aires las pistas de aterrizaje de la isla. Eso le dio el impulso necesario para que, probablemente, pueda repetir en el cargo.
El lunes, Giorgia Meloni perdió un referéndum. Este no tenía que ver con la política exterior, sino con una reforma del sistema judicial. Pero la derrota se debió, en parte, a que lleva años presumiendo de su afinidad con Trump. La primera ministra italiana sabía que eso podía lastrarle y llevaba semanas rechazando la guerra en Irán. Pero no fue suficiente. Hoy su aura de política infalible ha quedado dañada.
Se trata de los dos últimos ejemplos de la enorme influencia electoral que ya tiene Trump en las elecciones europeas. Parece un candidato más. Y, en consecuencia, partidos, líderes y aspirantes están creando sus estrategias alrededor de su figura.
Uno de los casos más llamativos es el de Viktor Orbán. Este ha sido primer ministro de Hungría durante quince años seguidos. Pero es probable que el próximo 12 de abril, si las elecciones son limpias, pierda el poder. Su declive, y quizá su derrota, coinciden con su alianza con Estados Unidos. La élite del movimiento MAGA le considera su principal inspiración para crear una democracia iliberal americana. La semana pasada Trump anunció su "apoyo total" a Orbán y su vicepresidente, JD Vance, planea visitarle en Budapest unos días antes de las elecciones. ¿Será la causa de su posible derrota? Por supuesto, no la única. Pero es evidente que Orbán no ha querido reconocer hasta qué punto Trump es hoy tóxico, también, para muchos votantes de la derecha radical.
Sí lo han advertido otros líderes de su familia ideológica. Desde que empezó la guerra, el líder de Agrupación Nacional, Jordan Bardella, habla casi como un gaullista tradicional. Rechaza los ataques de los perversos estadounidenses a Europa, reivindica la historia de Francia como una potencia que dispone de una política de defensa independiente de la OTAN, y defiende que su proyecto pasa por mantener la tensión que siempre ha existido en las relaciones entre su país y el de Trump. En el último año y medio, Alternativa por Alemania ha recibido con orgullo el apoyo de Elon Musk y Vance, y se ha preciado de ser el partido amigo de Trump en su país. Pese a eso, y a sus constantes ataques al islam, ha criticado con una inusitada dureza la guerra en Irán. "Trump empezó como el presidente de la paz —dijo Tino Chrupalla, copresidente del partido— y acabará como el presidente de la guerra". Vox es uno de los partidos más atlantistas de la derecha radical europea. Y está tan seguro de que su auge electoral seguirá que, a pesar de los aranceles que impactan en la economía española, el desprecio de Trump por lo hispano o el potencial aumento de la inflación a causa de la guerra, aún presume de su admiración por el presidente estadounidense. Pero esta semana Santiago Abascal afirmó en una entrevista: "Que tengamos aliados internacionales no significa que estemos de acuerdo con todo lo que hacen". No es una ruptura, pero tal vez sí el reconocimiento de que la cercanía con Trump ha dejado de beneficiarle.
La izquierda europea también está construyendo su estrategia alrededor de Trump, como si en las elecciones se enfrentara a él. Pedro Sánchez aspira a distraernos de sus reiterados fracasos internos con un "No a la guerra" que ha perdido impacto por el mero hecho de que casi todo el mundo en Europa está en contra de la guerra. El izquierdismo radical de Sumar y Podemos, del nuevo partido de Jeremy Corbyn en Reino Unido y de La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon ha encontrado una excusa perfecta para desempolvar su viejo antiimperialismo y reivindicar las viejas alianzas con Cuba, Palestina e Irán. Quien más difícil lo tiene es la más tradicional y entregada aliada de Estados Unidos en Europa, la democracia cristiana. No hay dilemas más grandes ante el candidato Trump que los de partidos como la CDU alemana o el PP español, cuyos votantes se debaten entre si detestan más a la izquierda o al presidente americano.
Hoy la política europea gira en torno a la estadounidense como no lo hacía desde los tiempos de la Guerra Fría. No solo en el plano estratégico, sino en el puramente electoral. Con algunos paréntesis, el antiamericanismo ha estado relativamente atenuado durante los últimos setenta años. Pero es una de las corrientes de fondo más poderosas de la política europea. La derecha empieza a pensar en qué medida debe abrazarla. Pero no hay ninguna duda de lo mucho que moviliza a la izquierda.
