El pacto PP-Vox en Extremadura y la derrota autoinfligida de la ultraderecha
Después de tanta exageración y tanto teatro, después de tanto tiempo perdido, ocurrió lo único que podía pasar: Abascal bajó la cabeza y firmó. Así que en pocas veces como en este puede emplearse más adecuadamente la expresión "la montaña que parió un ratón".
La ultraderecha vendió a los votantes extremeños una sacudida histórica y completa a todas las instituciones regionales, una especie de revolución. Pero, al final, pasó por el aro y firmó la clásica rendición del socio menor al socio mayor. Los populares mantienen el control y ceden poco de lo secundario a los de Vox. Ese es el resultado.
Me pregunto si, algún día, encenderá alguien el ordenador y abrirá un documento en blanco titulado "Evaluación de la gestión tras las elecciones en Extremadura". Tengo sumo interés en saber si serían capaces de señalar algún acierto y hasta dónde podría llegarles la lista de errores, casi todos no forzados.
No se me ocurre nada más autolesivo para una organización política que actuar públicamente en contra de la demanda de sus votantes cuando en medio de un ciclo electoral que nadie sabe cuántas etapas tendrá. Han incurrido en lo peor y no es posible comunicarlo mejor. Tiene mérito.
Han empleado un lenguaje más que faltón, abiertamente hostil contra su socia regional y contra su socio nacional potencial sin poder explicar el motivo de su tono. Han lanzado un órdago tras otro, inverosímiles para todo el mundo y en no pocas ocasiones absurdos, cuando ni siquiera habían empezado a repartirse las cartas.
Pusieron carteles de "Sentido común" en Aragón y siguieron actuando sin sentido porque pensaron que al salir sin penalización del choque contra Azcón nunca serían penalizados. Y cuando el votante de la derecha vio en Castilla y León la evidencia de que estos no querían castigar a Sánchez sino castigar al PP cayó como una guillotina el chasco sobre las expectativas que ellos mismos se habían generado.
Ha confundido España con las redes sociales. No se han dado cuenta de que el mensaje hiperpolarizado que emiten genera una distorsión demasiado grande en territorios que no están acostumbrados a volúmenes tan altos ni a expresiones tan duras como las que han venido vertiendo durante meses. Y como no van a saber corregirlo pronto, porque es el tono les viene de serie, van a tener grandes problemas para no parecer extraterrestres en Andalucía.
A su vez, los purgados y los críticos se han venido expresando en la misma onda y la cacofonía se ha exacerbado. Tanto que no saben cómo venderlo a sus bases en términos que puedan celebrarse. Prometieron corregir al PP desde la intransigencia y han terminado tragando. Confundieron la agresividad con la fortaleza y han perdido autoridad por todos los costados. Quisieron chantajear sin tener con qué hacerlo y han terminado prácticamente desplumados.
No, Extremadura no va a ser el laboratorio que quería la ultraderecha, seguirá siendo lo que siempre ha sido con una vicepresidencia ornamental y las consejerías de familia y agricultura.
Desde la primera, a buen seguro, querrán encender alguna guerra cultural para que la cosa prenda fuerza en España y tener algo de protagonismo. Desde la segunda, tratarán de ganar implantación en un sector que les resulta especialmente propicio. Puede que les valga para hacer partido, no les llega para hacer política y, desde luego, no les basta para poder decir que han tenido un éxito.
Cualquier socio menor más prudente y más inteligente, más consciente de su talla y con algo de sentido estratégico, podría hoy decir que superó unos objetivos que nunca hizo públicos. Ya me duele decirlo, ya, pero es la verdad: Bildu habría gestionado una situación pareja a esta con mucha mayor habilidad.
Se les ha visto tanta impaciencia -inalcanzable en esta década al menos- de sustituir al PP como fuerza hegemónica de la derecha que han terminado perdiendo una verdadera ocasión de ejercer influencia tangible, de la que se nota en las casas, de la que de verdad genera adherencia en la sociedad.
Abascal ha estado tratando a Guardiola y a Feijóo mucho peor de lo que trató Pablo Iglesias a Sánchez, se ha referido al socio mayor en términos de adversario político. Si no corrige pronto ese exceso terminará cristalizando en la derecha la impresión de que donde parece haber cierto ímpetu no hay más que un foco de inestabilidad cuando España se juega, nada más o nada menos, que librarse de otra legislatura de Pedro Sánchez.
Toda la visibilidad que sabe los de Vox saben alcanzar al dar con la tecla buena para su público en tantas ocasiones se ha dado la vuelta en la negociación de Extremadura hasta provocar una pérdida de credibilidad por las evidentes dudas que genera su fiabilidad, su utilidad.
La situación actual es especialmente propicia para dar vuelo a una opción impugnatoria, todavía más que cuando surgió Podemos, pero impugnar el sistema es una cosa e impugnar a tu socio la contraria.
El pacto de Extremadura es un mal resultado para Abascal porque toda la estrategia de Vox para el ciclo electoral está mal planteada. La estrategia no consiste en encadenar una campaña electoral tras otra, la forma en que gestionas el resultado de cada urna impacta en la siguiente y tiene consecuencias irreversibles sobre todo lo que va detrás.
La verdadera derrota, por lo tanto, no está en el pacto, no está en que el PP haya sabido gestionar mejor su posición y moverse con más pericia. Es autoinfligida. Alguien le ha convencido a Abascal, puede que el mismo, que todas estas elecciones regionales no valían más que para llegar con más fuerza a las generales. Error. Eso le puede pasar a cualquiera. Pero lo de ser tan poco serio, en fin… no tiene un pase.
